Desde hace siglos, los escritores intentan convencer a una población escéptica que las palabras contienen magia.

Tomado literalmente, desde luego es un absurdo. Palabras mágicas no hay. Ninguna tiene una fuerza más allá que su sonoridad. El volumen, apegados a la física, tendría fuerza de impacto cuando las ondas tienen mayor fluctuación de presión. El concepto, por tanto, está ligado a una metáfora, ámbito absolutamente alejado del mundo físico… y no obstante lo afecta.

El concepto de palabras mágicas se relaciona con la respuesta de quien o quienes las escuchan. Es decir, el impacto emocional que las palabras y su conjunto tienen en el ánimo de quien las oyen.

Las palabras impactan en los seres humanos. Al formar conceptos en la mente, van cimentando valores, principios y sesgos de realidad. Su reforzamiento o sentido mueve ánimos. Palabras opuestas o a favor de los principios y valores arraigados es motivo suficiente para actuar; para adherirse o combatir ideas o pensamientos contrarios.´

Ahí es donde se produce la magia. La palabra entonces mueve voluntades. Esa acción puede llegar, incluso, a alcanzar arrebatos eufóricos o pasiones adversas; es decir, adorar pasionalmente u odiar con profundidad.

He aquí por qué la palabra Navidad es mágica. Para buena parte de la población es claro que Navidad procede del vocablo ‘nativitas’, que pertenece al latín tardío. Su significado es ‘nacimiento’ y hace referencia al alumbramiento por antonomasia: la llegada de Jesucristo.

Todo nacimiento es ya de por sí un acontecimiento festivo por el nuevo integrante de una familia. Pero exaltar que llega el Salvador, entonces, tiene la mayor relevancia. No obstante, ese mismo acontecimiento sembró sentidos y pensamientos contrarios. He ahí el conflicto narrado bíblicamente con el nacimiento.

Las palabras tienen el sentido que los mismos hablantes les otorgamos. Y ese significado está caracterizado por múltiples factores, entre los que se encuentran históricos, económicos, ideológicos y religiosos, mezclado todo ello con la experiencia personal. Aquí en este último aspecto es donde adquiere un significado determinadas particularidades. Con esa base se construye el concepto de realidad. Por ello, la Navidad significa algo diferente para cada persona. Dependiendo de qué aspecto tiene mayor ánimo en el individuo es cómo lo ubica en su sistema de valores (peso frente a otros) y de vincularlo como un sistema para el comportamiento.

En la cultura mexicana, la Navidad tiene profundas connotaciones positivas. La gente se siente alegre. Ese ánimo se refuerza con factores como la ambientación con adornos en los lugares públicos y privados: luces, aromas y música. A ello se suma que económicamente hay más circulantes y los obsequios se cruzan en todas direcciones. Entonces, el ambiente festivo se generaliza y la Navidad se torna mágica porque todo el ambiente impulsa los más felices sentimientos.

A esa sensación de bienestar nos hemos hecho adictos. Por ello, en otras épocas del año extrañamos la Navidad. Esas emociones (finalmente, sustancias químicas que segregamos con base en nuestras percepciones, reales o imaginarias) nos marcan el concepto de realidad. ¡¡¡Feliz Navidad!!!

sorianovalencia@hotmail.com

 

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