Caminos de la escritura
La forma de redactar ha cambiado desde que apareció la escritura. Muchos de esos cambios se deben a la literatura; pero, por supuesto, es la sociedad la que valida o invalida esas propuestas. Las fórmulas literarias introducen nuevas estructuras, usos diferentes para un mismo vocablo y hasta nuevas formas (por supuesto) de conceptuar la realidad.
Escribir no es solo un arte individual; es la búsqueda de caminos que nadie más ve. Y el camino solo se hace vía cuando alguien lo abre (o recorre por primera vez, como decía Machado) para que otros también lo anden.
Los más antiguos textos literarios con los que cuenta la humanidad son la Ilíada y la Odisea. Estos eran textos didácticos. Es decir, documentos para aprender y, por tanto, para recordarlos. De ahí que estuvieran escritos como poemas. Gracias al ritmo y musicalidad, es más fácil recordar un texto.
Y ello revela varios aspectos: son la cúspide de una evolución que refleja tanto un largo proceso para el desarrollo de la poesía, como una profunda reflexión sobre las formas más convenientes de hacer que un texto sea memorable. Por supuesto, ello sin demeritar la evolución misma de la metáfora y las preocupaciones filosóficas sobre el perfil humano, aún válidas en nuestros tiempos.
Aunque no se cuente con literatura más antigua, revela un largo proceso de evolución hasta alcanzar ese refinamiento estético.
Con la incorporación de la gramática y la retórica al estilo de escribir, se fortalece la prosa (el estilo de escribir como el que está leyendo, sin rima, ritmo o métrica). Ello no implicó la desaparición de la poesía, solo que en los textos populares se asentó la prosa como favorita. Entonces, el poeta adquirió un estatus de mayor exclusividad. El pensamiento humano tomó por un derrotero diferente.
La prosa estaba muy influida por aspectos religiosos. Cuando avanzó el laicismo y las reflexiones filosóficas se centraron en el hombre y no en su creador, los pensamientos sobre el ser humano y su papel en la naturaleza se diversificó. Entonces, el estilo de escribir se volvió más directo, preciso y concreto.
Las nuevas ideas obligaron a confirmar lo que libros y relatos aseguraban. Entre la necesidad de nuevas mercancías (cada vez más raras, como las especias) y la aparición de nuevos escritos con asuntos insólitos, provocó la explosión temática de la literatura.
El pináculo de este estilo fue el ensayo, producto de la Revolución Francesa creadora del enciclopedismo. Sin embargo, la gramática —con lo que implica la rigurosa puntuación, la sintaxis y evitar los barbarismos— tuvo un peso fundamental. Los textos científicos han heredado este estilo.
No obstante, esa búsqueda incansable de modalidades expresivas llevó al escritor irlandés James Joyce (Ulises, 1922) a ensayar en el último capítulo un estilo caótico (para reflejar el pensamiento del personaje) en que el texto de cuarenta páginas presenta muy escasas comas y apenas un punto seguido y un punto final.
Ese mismo propósito fue retomado por García Márquez (Otoño del patriarca, 1975), Camilo José Cela (Cristo versus Arizona, 1988) y José Saramago (Ensayo sobre la ceguera, 1995).
