Palpables beneficios brinda la danzaterapia en adultos mayores

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CDMX 24 de diciembre de 2023.- Parece magia: de pronto, el cuerpo ya no duele. Las décadas acumuladas en las articulaciones –siete, ocho o más de nueve– se sienten más ligeras y los músculos dormidos vuelven a la vida: las rodillas se doblan con facilidad, las caderas giran, las comisuras de los labios se elevan dibujando una sonrisa; y si acaso los ojos se cierran, es para sentir el movimiento. Incluso desde una silla de ruedas, donde el ritmo se sigue con los brazos y las manos dejan de ser herramientas para convertirse en instrumentos sensibles.

Es la magia de la danza que opera en el Taller de Danzaterapia para Adultos Mayores, impartido por Diana Fernández a un grupo de personas que viven en los centros gerontológicos Arturo Mundet y Vicente García Torres, del Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF), y que por primera vez, a iniciativa de la Cátedra Extraordinaria Gloria Contreras, que encabeza Raissa Pomposo, se lleva a cabo como parte de las actividades de Cultura UNAM.

Los resultados del taller que Fernández ha desarrollado con una experiencia de dos décadas, y al frente de la asociación civil Sensodanza, se presentaron en una función especial, tras cinco sesiones de una hora y media de duración, en las que unos 40 participantes han vuelto a sentir el gozo del baile.

Porque, si bien en estos centros las necesidades fisioterapéuticas son atendidas, las conexiones que el cuerpo y la psique establecen con la danza y la música –dice Pomposo– se dan desde el disfrute –aunque haya ejercicios que puedan no gustar a todos–, lo que marca una diferencia en la experiencia del presente, esa pulsación que otros llaman vida.

En el Auditorio Adolfo López Mateos del DIF, la función de Mares presenta a más de una veintena de bailarines y bailarinas; algunos son débiles visuales, también hay quien no puede caminar, pero nada de eso les impide entregarse a la danza, al ritmo de siete piezas –dos de ellas con música en vivo, a cargo del pianista Bernardo Espadas– clásicas del danzón, el son y la balada; música de época que resuena en la mente y en los cuerpos de quienes bailan.

Al son de la bamba, con sus pañuelos al aire, o con las notas danzoneras de Nereidas, se despliegan coreografías en las que los cuerpos bailan ya en parejas, ya en grupo, o cada uno con sus propios pasos; el encanto para quien los mira es el goce, la vibración renovada y el brillo en los ojos, destello de la mente emocionada. También entonan canciones como Perfume de gardenias y Piel canela.

Antes, acompañada por Raissa Pomposo y por la historiadora del arte Adriana Dowling, Diana Fernández da cuenta de los beneficios de la danza terapéutica. Al bailar –coinciden Pomposo y Fernández, en entrevista previa– se disparan conexiones neurológicas que activan la memoria a través del movimiento.

“En el cuerpo queda guardado lo que hemos hecho en la vida, de manera inconsciente. Las personas mayores tienen muchas experiencias encarnadas, recuerdos profundos”, explica Fernández. “La música es también una herramienta biofónica que nos conecta con la memoria; hay emociones en el movimiento, muchas vinculadas a recuerdos”.

“Las neuronas establecen conexiones cuando nos movemos, hay sinapsis, patrones cruzados que al manifestarse corporalmente tienen una repercusión mental que ayuda a mejorar la memoria, y también a conectarse con los otros en el presente y no quedarse en el letargo”, abunda.

La vida en los centros gerontológicos es más bien sedentaria, advierte Pomposo. “La fisioterapia que reciben es algo mecánico, no vinculado al goce. Nosotros lo que buscamos es ese disfrute que se despierta con el arte”.

Activar los recuerdos afectivos a través del goce artístico tiene otros beneficios para los adultos mayores, en especial en aquellos que carecen de una red familiar o de afectos con los que puedan estar en contacto frecuente.

En la danzaterapia no se enseña una técnica en particular; por el contrario, se trata de incitar al movimiento libre y la espontaneidad, a partir de lo cual se crean líneas coreográficas para la función. Al no haber nada forzado, el encuentro entre los bailarines se da de forma más abierta. Antes, claro, hay algunos ejercicios de calentamiento, otros para sentir el cuerpo y algunos más para encontrarse con el otro en bailes de pareja, como la técnica de la danza en espejo.

Así, en estas sesiones la cotidianidad cambia: todo parece más gentil, la rutina desaparece, el silencio se llena de música y las alegrías y las nostalgias emergen y se hunden en pasos de baile, como un oleaje que recuerda al mar. De ahí el nombre del espectáculo; una experiencia que los bailarines ansían repetir.

 

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