Lamenta el Papa que las aspiraciones de paz se vean “rotas por la crueldad del odio y la ferocidad de la guerra”

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* Ante 6.000 fieles que rezaban en la basílica de San Pedro, Francisco criticó los muros del egoísmo y de la indiferencia

Sebastián Sansón Ferrari

Ciudad del Vaticano, 30 de marzo de 2024.- Las mujeres van al sepulcro a la luz del amanecer, pero dentro de sí llevan aún la oscuridad de la noche”. Con esta distinción el Santo Padre comenzó su homilía en la solemne Vigilia Pascual en la noche santa de la Resurrección en la Basílica de San Pedro, ante unos seis mil fieles presentes.

En la ceremonia, el Obispo de Roma bautizó a ocho catecúmenos, procedentes de Corea del Sur, Italia, Japón y Albania y también les administró el sacramento de la confirmación.

El Pontífice precisó que la vista de aquellas mujeres está nublada por las lágrimas del Viernes Santo, se encuentran inmovilizadas por el dolor, encerradas en la sensación de que se ha terminado todo, y que el acontecimiento de Jesús ha sido ya sellado con una piedra.

“Y es precisamente la piedra la que está en el centro de sus pensamientos. Se preguntan: «¿Quién nos correrá la piedra de la entrada del sepulcro (Mc 16,3). Cuando llegan al lugar, sin embargo, la fuerza sorprendente de la Pascua las impacta: «al mirar —dice el texto—, vieron que la piedra había sido corrida; era una piedra muy grande» (Mc 16,4).

El Sucesor de Pedro consideró dos momentos que llevan a la alegría inaudita de la Pascua: En primer lugar, las mujeres se preguntan angustiadas ¿quién nos correrá la piedra?, después, al mirar, ven que ya había sido corrida.

El Papa se refirió a la pregunta que abruma el corazón de aquellas mujeres, partido por el dolor: ¿quién nos correrá la piedra del sepulcroY explicó que esa piedra representa el final de la historia de Jesús, sepultada en la oscuridad de la muerte.

“Él, la vida que vino al mundo, ha muerto; Él, que manifestó el amor misericordioso del Padre, no recibió misericordia; Él, que alivió a los pecadores del yugo de la condena, fue condenado a la cruz. El Príncipe de la paz, que liberó a una adúltera de la furia violenta de las piedras, yace en el sepulcro detrás de una gran piedra. Aquella roca, obstáculo infranqueable, era el símbolo de lo que las mujeres llevaban en el corazón, el final de su esperanza. Todo se había hecho pedazos contra esta losa, con el misterio oscuro de un trágico dolor que había impedido hacer realidad sus sueños”.

La crueldad del odio y la ferocidad de la guerra, piedras de muerte

El Santo Padre advirtió que “esto nos puede suceder también a nosotros”, puesto que “a veces sentimos que una lápida ha sido colocada pesadamente en la entrada de nuestro corazón, sofocando la vida, apagando la confianza, encerrándonos en el sepulcro de los miedos y de las amarguras, bloqueando el camino hacia la alegría y la esperanza”.

Los consideró “escollos de la muerte” y observó que los encontramos, a lo largo del camino, en todas las experiencias y situaciones que nos roban el entusiasmo y la fuerza para seguir adelante, como “los sufrimientos que nos asaltan y en la muerte de nuestros seres queridos”, “en los fracasos y en los miedos que nos impiden realizar el bien que deseamos”, “en todas las cerrazones que frenan nuestros impulsos de generosidad y no nos permiten abrirnos al amor”. Además, se manifiestan “en los muros del egoísmo y de la indiferencia” y “en todos los anhelos de paz quebrantados por la crueldad del odio y la ferocidad de la guerra”.

“Cuando experimentamos estas desilusiones, prosiguió, tenemos la sensación de que muchos sueños están destinados a hacerse añicos y también nosotros nos preguntamos angustiados: ¿quién nos correrá la piedra del sepulcro?”. Y sin embargo, aquellas mismas mujeres que tenían la oscuridad en el corazón, “nos testifican algo extraordinario: al mirar, vieron que la piedra había sido corrida; era una piedra muy grande”, puntualizó Bergoglio.

“Es la Pascua de Cristo, la fuerza de Dios, la victoria de la vida sobre la muerte, el triunfo de la luz sobre las tinieblas, el renacimiento de la esperanza entre los escombros del fracaso. Es el Señor, Dios de lo imposible que, para siempre, hizo correr la piedra y comenzó a abrir nuestros sepulcros, para que la esperanza no tenga fin. Hacia Él, entonces, también nosotros debemos mirar”.

 

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