Inteligencia artificial y redacción
¿Qué implica una redacción eficiente? Un texto que cumpla su propósito. ¿Cómo medir la eficiencia? Por la coincidencia entre lo comprendido por el lector y lo que pretendió lograr el redactor. Para alcanzar la eficiencia no hay secretos en la actualidad. Solo debe planearse con precisión el documento. Sin una planeación adecuada es imposible textos eficientes. La planeación solo puede venir de un ser humano. La inteligencia artificial –por mucho que se exageren sus bondades– es incapaz de aportar textos eficientes si el propio redactor no le otorga los parámetros adecuados para que recopile de forma organizada, coherente y precisa enunciados afines al propósito. Por ello, en la formulación de un texto eficiente, el factor humano es imprescindible.
La claridad de propósito no la puede intuir la inteligencia artificial. Su contacto con la realidad depende de quien programe, busque o pretenda un texto. Obtener los mejores resultados de búsquedas a gran velocidad y lograr un sinnúmero de alternativas, incapaz un humano de ofrecerlas, solo se logran con instrucciones precisas. Las instrucciones solo las concibe un ser humano porque es él quien está al frente de una realidad que valora, sopesa y comprende. Es a esta a la que el ser humano busca incidir mediante un texto no la inteligencia artificial.
El ser humano, por tanto, no puede deslindarse de la conceptualización de un texto. De ahí se desprende la razón del documento: sin claridad de propósito –en otras palabras, sin objetivo– es un conjunto de frases descoordinadas. Por ello, si se pide a la inteligencia artificial una respuesta, pero sin precisar los propósitos (los límites o parámetros), los resultados serán muy vagos. De ahí que todo redactor (estudiante, funcionario público, profesor, escritor) que no se plantee un objetivo para su texto, está destinado al fracaso. Compilar ideas (por muy interesante que sean), perderán efectividad sin la coherencia de la planeación propositiva.
Escribir es sumamente sencillo si se realiza con lógica y no mediante formatos o instrucciones vagas. Al fijar un objetivo se señala la lógica por desarrollar en el texto. Es decir, saber la meta, identifica los pasos para alcanzarla de forma directa, sin rodeos o esfuerzos innecesarios. Cierto que la inteligencia artificial puede sugerir ideas, conceptos o líneas; pero finalmente, el redactor decide porque es quien posee la necesidad específica del texto.
En la planeación se encuentra el orden expositivo. El contenido debe abordarse por orden de importancia, yendo de lo más importante a lo menos. Ese es el método científico. Pero, para la inteligencia artificial esto es irrelevante… a menos que se solicite. Para la programación, cada dato o información tiene el mismo peso que el otro, no hay diferencia. De ahí que el propio ser humano deba jerarquizar lo que debe buscar la IA o, si se quiere el texto ya compilado, las instrucciones deban contemplar esa variable.
Por ello, cualquier documento (hasta las novelas y cuentos) solicitado a la inteligencia artificial debe estar adecuadamente planeado para recibir una información que valga la pena. La inteligencia artificial es solo una herramienta, no la solución.
