Elecciones en EEUU y en México, influencias inevitables

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Santiago López Acosta

Como sabemos, prácticamente al mismo tiempo se están llevando cabo procesos electorales presidenciales en los EE. UU. y en México, además de múltiples cargos federales y locales en ambos países. No solo por la vecindad geográfica, sino por las importantísimas relaciones comerciales, económicas, sociales, culturales y migratorias generan una extraordinaria vinculación e influencia mutua.

La contienda estadounidense se encuentra de lo más cerrada, considerando las últimas encuestas publicadas, allá si muy serias y responsables, donde la posibilidad del regreso de Donald Trump es muy alta, como también la reelección del presidente Joe Biden.

Trump tiene en su contra los juicios pendientes que podrían pesar en el electorado independiente, algunas de sus declaraciones lo revelan como una persona desequilibrada, por ejemplo, declaró que habría en el país un “baño de sangre” si no gana, en un discurso cuyo tema eran sus propuestas de política comercial; esto prevé una retórica más agresiva en su campaña, contra quienes considera sus enemigos.

En contra de Biden operan tres factores: su edad (81 años), la elevada inflación en los años recientes, y un explosivo número de migrantes tratando de entrar al país. Temas de política exterior también han sido usados en contra, como los apoyos a Ucrania contra la invasión rusa, su apoyo a la invasión israelí de Gaza, impopular entre algunos grupos demócratas, y la desordenada retirada de los norteamericanos de Afganistán en 2021.

Encuestas de febrero de este año, las intenciones de voto globales dieron 45.4% para Trump y 44.1 para Biden (Banorte con datos de Bloomberg); pero el Economist de marzo pone a Biden en 45% y a Trump en 44%, equivalentes a un empate técnico.

La encuesta de New York Times/Siena poll mostró que 97% de la gente que votó por Trump en 2020 lo volvería a hacer, mientras que sólo el 83% de los votantes de Biden harían lo mismo. Otras fuentes indican que Biden ha perdido terreno entre algunos de sus grupos leales, como los afroamericanos (bajó de 87% en 2020 a 63% en 2024) y latinos (bajó de 39% a 34% en los mismos años), que pueden ser pérdidas significativas en una elección tan competida.

El sistema electoral norteamericano tiene el efecto o defecto de que quien gana un estado se lleva todos los votos electorales del mismo y esos sumados dan el ganador, aunque otro candidato tenga más votos de los ciudadanos, como ha sucedido en algunas ocasiones. Este sistema favorece a ciertos estados intermedios pequeños, una vez que los estados más grandes están ya definidos por alguno de los dos partidos. Esos estados se conocen como pendulares, y pueden inclinar el resultado, para un lado o para el otro.

Desafortunadamente para Biden en ninguno de los siete estados con votos pendulares va adelante: en Carolina del Norte, un estado muy conservador (la última vez que los demócratas ganaron el estado fue en 2008), Trump va arriba por diez puntos; en Nevada y en Georgia, va ganando por 8 puntos, también adelanta a Biden por cinco puntos en Wisconsin y en Michigan, en Pennsylvania su ventaja es de tres puntos, igual a la que tiene en Arizona. La esperanza es que, salvo Carolina del Norte, Biden ganó el resto de los estados en 2020. Es una buena noticia para Biden es el protagonismo reciente de la vicepresidenta Kamala Harris, para que lo pueda apoyar en temas álgidos y convencer a indecisos.

La profunda polarización política, tan en boga hoy en día en buena parte del mundo, para el caso de los EE. UU. a estas alturas es imposible predecir al ganador por el elevado número de votantes que se consideran independientes y que podría alcanzar a la mitad del electorado; según una encuesta de Gallup de 2023, los votantes se ubicaron en tres grupos: 25% de republicanos, 25% de demócratas y 49% de personas que no se identifican con ningún partido.

El principal tema de la elección norteamericana que involucra a nuestro país, la migración indocumentada, es el ariete de ataque contra Biden, no sólo de Trump, sino de los gobernadores como Greg Abbott de Texas y Ron De Santis de Florida. El número de aprehensiones de personas que entran por la frontera mexicana es el más elevado de la historia, más que durante el último año de Trump.

El tejano Abbott ha subido en autobuses a unos 40 mil migrantes y los ha trasladado a Washington, Nueva York, Chicago, Filadelfia, Denver y los Ángeles al nada despreciable costo para su estado de 124 millones de dólares. Sin embargo, le ha funcionado como un mecanismo de publicidad contra el gobierno federal, al que acusa falsamente, de tener una política de “fronteras abiertas”.

A lo anterior, se agrega los cada vez mayores cuestionamientos y sospechas a la clase política gobernante de México, de su involucramiento con la delincuencia organizada, que llega a las más altas esferas del poder, y por su inacción, para por lo menos intentar detener la incesante ola de inseguridad que asola la mayor parte del país; además el control de las bandas supera con mucho el tercio del territorio, denunciado por el alto mando del Comando Norte norteamericano hace algunos años. La preocupación norteamericana sobre nuestras elecciones es evidente.

Por más que la narrativa oficialista, apoyada en muchas encuestas, reales y pagadas, digan que la elección presidencial en México está decidida, las tendencias seguramente marcaran una competencia cada vez más cerrada, en la medida que acerque la jornada electoral.

Aunque la elección en EE. UU. es hasta noviembre, es indudable que las campañas y la política norteamericana tendrán influencia e incidencia en las campañas y en las elecciones mexicanas del próximo 2 de junio.

 

 

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