Después de un año, sigue la guerra en Ucrania

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Santiago López Acosta

Luego de más de 70 años de la conclusión de la Segunda Guerra Mundial y más de 30 de la desintegración de la URSS, Rusia busca reorganizarse y fortalecerse como cabeza de un nuevo bloque, con la invasión que hizo a Ucrania el 24 de febrero de 2022.

Rusia ha interferido, velada o abiertamente, para que las principales repúblicas que formaron la URSS, se integren a la Unión Europea y menos que formen parte de la OTAN, aduciendo razones de su seguridad nacional.

El punto de inflexión con Ucrania se dio en 2013 y 2014, cuando un movimiento social y político que tuvo como centro la plaza de la independencia o plaza Maidan de la capital Kiev, logró el derrocamiento del presidente prorruso Viktor Yanukovich, incrementada por la toma de Crimea y el apoyo ruso a las provincias ucranianas de Donetsk y Lugansk, al reconocerlas como repúblicas independientes.

En 2014 y 2015 se firmaron dos pactos en Minsk, capital de Bielorrusia, aliado de Rusia, con la participación de ésta, Ucrania y representantes de las dos regiones ucranianas mencionadas, y su presunta violación fue el pretexto para la invasión.

Lo que parecía un conflicto regional, trasciende a Europa y tiene alcances globales, afectando la economía, la estabilidad política y la paz mundial. El imprescindible recurso de la diplomacia ha sido claramente insuficiente y las medidas económicas, comerciales y financieras que se han tomado contra Rusia para detener la invasión, no han alcanzado y el conflicto sigue.

Las potencias europeas y los EE. UU. no han intervenido militarmente de manera directa, pero sí apoyando abiertamente a Ucrania con armamento y recursos financieros.

Desde que comenzó la guerra, la cifra de personas que han perdido la vida es difícil de cuantificar o estimar, y los balances varían según el organismo o el gobierno que ofrezca los datos. Se estima que más de 80 mil soldados de ambos bandos han muerto, así como cerca de 10 mil civiles, entre ellos más de 1000 niños y centenas de menores heridos de gravedad.

Según la Acnur (Agencia de Naciones Unidas para Refugiados), entre 14 y 18 millones, cerca de un tercio de la población de Ucrania, han tenido que dejar sus hogares, a los países vecinos y a otros más distantes como los EEUU, y 10 millones dentro del territorio ucranio. Esto vino a incrementar considerablemente la cifra global de refugiados y desplazados en más de 100 millones.

Independientemente de la veracidad de las cifras, los saldos de la guerra son terribles, en términos de vidas humanas, desplazados y refugiados y la pérdida de ciudades y múltiples bienes materiales; la maquinaria destructiva continúa, sin que se visualice como detenerla.

El mundo se sigue preguntando, después de un año, si puede haber alternativas para la paz; las vías diplomáticas han resultado inútiles, con el empecinamiento de Putin y el empoderamiento de Zelenski, que tiene el apoyo de las principales potencias de occidente y el posible ingreso de Ucrania a la Unión Europea y a la OTAN, condiciones inadmisibles para Rusia, y las consecuencias políticas, históricas y estratégicas.

Las potencias de occidente, principalmente la Unión Europea y EEUU, con el apoyo militar de la OTAN, están resueltas a impedir el eventual triunfo de Rusia, por lo que el apoyo a Ucrania se sigue manifestando de diversas formas, además de la presencia física de varios jefes de Estado y de Gobierno en territorio ucranio respaldando a Zelensky, como la sorpresiva visita del presidente Joe Biden hace unos días, viajando entre ocho y 10 horas en tren a Kiev desde Polonia.

Del otro lado, Rusia no es la potencia militar que presumía, mostrando muchas carencias y deficiencias, pero resistiendo los bloqueos económicos, financieros y el repudio generalizado de la mayoría de los países integrantes de la ONU.

Putin le apuesta al involucramiento de China, la gran potencia que se ha mantenido a prudente distancia, sin tomar partido. La visita reciente de Alexander Lukashenko, presidente bielorruso por casi tres décadas, haciendo las funciones de emisario de Putin a Pekín, buscando acercamientos con la cúpula china, tuvo ese propósito.

Los chinos, por su parte, sabedores del papel que juegan en la geopolítica y en la economía mundial y del protagonismo que asumirán en el mediano plazo, pero por las tensiones y diferencias que han tenido con EEUU recientemente, los ha ubicado más cerca de los rusos, pero sin apoyarlos abiertamente. Su involucramiento directo podría ser catastrófico para la paz y la estabilidad internacional, sin embargo, lo podrían hacer de formas más sutiles para inclinar la balanza, de un lado u otro.

Junto con la pandemia de 2020 y los atentados a las torres gemelas de New York en 2001, la guerra en Ucrania ha sido uno de los tres acontecimientos mundiales de mayor impacto y trascendencia del siglo XXI, pero a diferencia de aquellos, éste se deriva de una decisión política deliberada de uno de los cinco integrantes de la elite permanente del Consejo de Seguridad de la ONU, que es el organismo internacional que se supone debe garantizar la paz mundial. Vaya paradoja.

Todo indica que la guerra seguirá, probablemente durante mucho más tiempo, donde el enfrentamiento armado será la constante, los intentos diplomáticos brillan por ausencia, lo cual es una pena, porque significa la renuncia a la política, y una potencia agresora busca recuperar la vieja idea de que la guerra, sin fundamento en el derecho internacional y con desprecio a la soberanía de los demás Estados, es una pésima noticia. Ojalá no se concrete.

 

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