Glotopolítica
La expresión glotopolítica es el vocablo usado para referirse a la relación entre el poder y el lenguaje. Aunque se usa desde antes de los años 50, es hasta la publicación de los estudios de los sociolingüistas franceses Jean-Baptiste Marcellesi y Louis Guespin que se utiliza como un término analítico. Acuñado de forma limitada originalmente, en la actualidad sirve para entender las modalidades en que se aplica el lenguaje para establecer relaciones de poder, ya sea de forma pública –como en política y religión–, laboral –relación jefe-subordinado–, en pareja o, incluso, social de un estrato, grupo o clase sobre otra.
El vocablo está integrado por las raíces griegas glôtto, lenguaje, y política. En este sentido, los autores que lo utilizaron por primera ocasión como término sociológico, lo restringieron a las políticas lingüísticas de determinada región en un momento histórico para recrear, fortalecer o fijar la relación de poder. Un claro ejemplo de ello es el uso social del idioma durante la Colonia en México. El desprecio por las lenguas nativas sin que hubiese una legislación prohibitiva, hizo sentir vergüenza y ocultamiento entre hablantes originarios. Ello permitió a los peninsulares o sus descendientes arroparse un papel de control sobre el resto de la sociedad sin recurrir a la coerción. Otro aspecto fue el tratamiento de tú a quienes se consideraban inferiores y demandar de estos un trato de usted hacia superiores. De ahí la impronta social aún vigente de que el tratamiento de usted es de respeto.
Sin embargo, esta relación de poder mediante el lenguaje, no solo se observa como un fenómeno histórico. También aparece intencional cuando una tendencia política busca imponer su perspectiva mediante una narrativa sesgada. Para ello se vale de los dispositivos sociales a su alcance, como medios de comunicación o redes sociales, y pondera conductas de valor para tomarlas como patrón.
En las relaciones interpersonales, la condición de poder mediante el lenguaje se presenta en múltiples modalidades. Su aplicación y sofisticación están en relación directa con los mecanismos coercitivos de que dispone la relación: a mayores posibilidades represivas, menos sofisticación en el lenguaje para la dominación.
Un ejemplo evidente son las relaciones entre padres e hijos. Si no hay habilidades en el lenguaje de dominación, se recurre a la coerción total: «Te callas y haces lo que digo». Si hay limitaciones, hay frases como: «Será como sea, pero aquí haces lo que yo ordeno. Cuando tengas tu casa ya harás lo que creas». El lenguaje de dominación también se vale de otros mecanismos como el chantaje, mediante frases como «Te aprovechas porque estoy viejo», «lo que pasa es que ya no me quieres» o lo que últimamente se ha denunciado en redes sociales donde se reta la valía de los adolescentes o niños para conseguir de ellos un acto o una conducta.
En las relaciones laborales y escolares el manejo del lenguaje es más sutil. Sin embargo, los mecanismos coercitivos se mantienen a la vista por quien ejerce el control por si fuera insuficiente la glotopolítica.
