El español, instrumento de concordia

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Hace unos días, vi un video de una extranjera que aseguraba que el español mexicano le salvó la vida. Característico del algoritmo de redes sociales al dar me gusta, otros muchos videos se me presentaron. Por supuesto, no sostendré que últimamente se han desatado comentarios favorecedores del estilo en que usamos el idioma –esa sensación queda, pero estoy consciente que solo es lo que me acerca el algoritmo–, sin embargo, no dejaré pasar la ocasión para comentar varias particularidades.

Los mexicanos usamos el idioma para privilegiar la concordia, incluso en contra de lo que pensamos. Somos en extremo suaves, o indirectos, o definitivamente evitamos datos, información o referencias que pudieran molestar a nuestro interlocutor. Sean persona cercana o recién conocido, evitamos en la mayor medida de lo posible incomodar al otro.

Eso podría suponer hipocresía. Sin embargo, si consideramos el uso indirecto de nuestras oraciones, el abuso de diminutivos, el evitar palabras bruscas o toscas y lo combinamos con lo fácil para dar besos en la mejilla, saludar de mano y hasta ofrecer abrazos –lo que no sucede en otras culturas; un alemán en seis meses de trato me confesaba que le había dado más abrazos que su madre en toda su vida–, refleja que nos esforzamos por hacer grato el encuentro con otra persona. Es decir, que privilegiamos la cohesión frente a la indiferencia o el alejamiento.

Cierto que es nuestra personalidad, pero esta se refleja en el uso del idioma. A vistas de los extranjeros, somos en extremo zalameros. Consideremos a los españoles. Curiosamente tienen la fama de ser los más dulces de Europa y, sin embargo, a un mexicano le parece que son demasiado bruscos y toscos en el trato. Nótese en los restaurantes. Cuando estamos por marcharnos, en la mayoría de países simplemente ordenan traer la cuenta. En México decimos «¿Sería tan amable de traerme la cuenta?» o «¿Me regala la cuenta?, por favor» –con tono de petición, como si fuera un favor o un verdadero obsequio– o «Lo molesto con la cuenta» –como si fuera incómodo para el camarero o mesero, cuando es simplemente el cobro de los servicios–.

La palabra «ahorita» es un hito en este sentido. Se usa para suavizar el tiempo de un servicio previsto como prolongado. Incluso, si se le agrega mayor número de terminaciones diminutivas («ahoritititita»), ello implicará un tiempo multiplicado.

Por supuesto, también lo combinamos con vocablos de origen local. Nos hemos engañado, y también a los extranjeros, haciéndonos creer que «apapachar» es abrazar con el alma. Falso. La etimología de ese vocablo náhuatl está relacionada con magullar, ablandar algo con los dedos. Por extensión, la concretamos al brindar abrazos prolongados acompañados de movimientos y apretones con manos y brazos: la psicología ha demostrado el beneficio de esta práctica, sencillamente.

Por último, la entonación. El español lo cantamos (entonación circunfleja) al acortar la última sílaba y prolongar la penúltima. Eso le otorga tono rítmico. He aquí por qué los mexicanos somos tan empalagosos hasta con el idioma.

sorianovalencia@hotmail.com

 

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