A un niño, una buena conversación
Una buena conversación deja más a un niño que hacer diez planas del significado de una palabra o copiar un texto de un libro escolar. Se desprende de los estudios del doctor David Bueno Torres, especialista en Biología, profesor e investigador de genética en la Universidad de Barcelona y un referente internacional en el campo de la neuroeducación.
El lenguaje hablado es la base del lenguaje escrito. De nada vale repetir trazos y vocablos sin un contexto, sin un sustento conceptual, sin una buena dosis de carga emocional. De ahí que, para entender mejor los vocablos, para conceptuarlos de forma más eficiente (es decir, tenerlos claros en la mente), la conversación sea una estrategia fundamental.
Los niños suelen ser objeto de las decisiones adultas. Se les indica cuándo levantarse, a qué hora comer, cómo vestir, en qué divertirse (darle el celular como opción es decisión del adulto, aunque lo reclame el niño). Es decir, que la mayoría de la comunicación hacia ellos son instrucciones, no intercambios de pensamientos. Por supuesto, como están aprendiendo las costumbres de los adultos con los que conviven (socialización), cuando no cumplen las expectativas de esas instrucciones, son objeto de regaño, reclamo o, incluso, dependiendo de la gravedad de la inadecuada respuesta, de agresiones. Entonces, muchos de esos intercambios terminan en estímulos negativos, más que en oportunidades de ampliar comprender y utilizar con eficiencia la comunicación con los otros miembros de la sociedad.
Todo ello refleja que poco se conversa con el niño. Hay una baja costumbre por charlar en el ámbito familiar.
En el escolar, hay un factor diferente. El trato no es tan afectivo, las charlas con los adultos de igual forma son muy elementales, por no decir que francamente bajas —casi imposible que fuera de otra forma por el número de niños—, pero la charla con los compañeritos es más común. El problema es que estos tampoco se encuentran formados y su amplitud de vocabulario también depende de la magnitud o limitación de léxico en su propia casa. Ello conlleva a que el sentido, variedad, conceptualización de las palabras están sujetas más al azar que a una sistematización social (que abarca escuela y familia).
De ahí que una buena charla con un niño sea muy productiva. Preguntarles por cómo les fue en la escuela, qué aprendieron, de qué hablaron con sus compañeros, cómo se comportaron él y los demás, no solo permite conocer ámbito y riesgos de su cotidianidad; también ayuda a trasmitir valores, visualizaciones y razonamiento.
La información (lo que forma) está disponible en todas partes. Aprender es diferentes a memorizarla. Procesarla implica un manejo interno. Eso implica confrontar contra el concepto que se tenga (amplio o reducido) para conocer su utilidad frente a un problema real (¿cómo aplicarla?). Eso es lo que ofrece el verdadero aprendizaje. Manipular el concepto para aplicarlo, usarlo o adecuarlo a las diversas condiciones a las que se enfrenta un ser humano, eso lo hace diferente. Y todo empieza por hablar con los hijos.
