El Monte de las Cruces de 1988
Cuauhtémoc Cárdenas en el Zócalo, al proclamar su triunfo electoral el 6 de julio de 1988.
Dr. José Alfredo Inzunza Valenzuela, ingeniero civil, investigador en educación y políticas públicas
Culiacán, Sinaloa a 30 de octubre de 2026
Hay dos noches que México no olvida porque en ellas se decidió no tomar la Ciudad de México.
La primera fue el 30 de octubre de 1810. Hidalgo acaba de aplastar a Trujillo en el Monte de las Cruces. El camino a la capital del virreinato está abierto. Tiene 80 mil hombres armados con odio y con fe. Dentro, la ciudad tiembla. Y entonces, Hidalgo dice no. Se repliega.
Los historiadores discuten si fue por miedo, por escrúpulo o por cálculo. Lo cierto es que esa contención le costó la guerra. Si hubiera tomado la Ciudad de México en 1810, la independencia no habría tardado 11 años más. Pero también habría tomado una ciudad sin poder sostenerla.
La segunda noche fue el 6 de julio de 1988. El sistema se cayó. Literal y cibernéticamente. A las 8 de la noche, la Comisión Federal Electoral deja de informar resultados. En la calle, la gente ya sabe. Cuauhtémoc Cárdenas gana. No por poco, sino por mucho. La oposición, por primera vez en 60 años, tiene la posibilidad aritmética y moral de tomar el poder.
Y la gente quería tomarlo. Físicamente.
Quien vivió esos días lo recuerda: el Zócalo lleno sin convocatoria, el Palacio Nacional resguardado por el Ejército, los tambores, la consigna de “¡Cárdenas presidente!”. En Los Pinos, Miguel de la Madrid duda. En Gobernación, Manuel Bartlett opera. Y en la calle, un ingeniero de 54 años contiene a cientos de miles.
Cárdenas hizo lo que Hidalgo. Dijo: no vamos al Palacio. No a la violencia.
¿Qué hubiera pasado si dice que sí?
Si esa noche del 6, o en las semanas posteriores cuando Salinas ya se sabía impuesto, Cárdenas hubiera levantado la mano y dicho “vamos”, el Palacio habría caído. No tengamos duda. El Ejército adentro estaba acuartelado, nervioso, con órdenes contradictorias. Unas 200 mil personas frente a unas puertas de madera del siglo XVIII no se detienen con una compañía. Lo toman.
Y entonces ¿qué?
Habría tenido 48 horas de gloria y 20 años de infierno. Porque tomar el Palacio no es tomar el Estado.
En 1988 el Estado no era Porfirio Díaz ni Calleja. Era un Leviatán completo: PRI, CTM, CNC, gobernadores, caciques, banqueros que acababan de ser nacionalizados y reprivatizados en la sombra, Washington con Reagan saliendo y Bush entrando, y un Ejército que, aunque dividido ya que en todas las casillas donde habitan los militares Cárdenas arrasa en las elecciones, tenía como doctrina desde 1946 no permitir nunca un poder civil que no viniera del PRI.
Si la muchedumbre entra, el Ejército dispara o se repliega. En ambos casos, hay muertos. 20, 100, 500 o más, Al día siguiente, la foto no es la de la democracia, es la de un dirigente rebasado que no puede controlar a sus bases, De la Madrid decreta estado de excepción. Estados Unidos lo apoya, Los empresarios sacan el dinero. El dólar se va a 5 mil pesos de entonces. Y el cardenismo, sin estructura de gobierno, sin Congreso, sin gobernadores, sin control del aparato, dura lo que duró Madero: meses.
Hidalgo no tomó la Ciudad de México porque sabía, en el fondo, que su ejército no podía gobernar una capital. Era una turba sin preparación para ejercer el poder, Cárdenas, ingeniero, hijo de un general presidente, entendió exactamente lo mismo. Su ejército tampoco podía gobernar. Era un frente de partidos prestados — PARM, PPS, PFCRN, PMS— y de ciudadanos sin fusiles, solo con credenciales de elector naranjas.
Hidalgo al contenerse perdió la batalla pero le dio a México un mito moral que permitió que la independencia sobreviviera 11 años más. Cárdenas al contenerse perdió la Presidencia pero le dio a México algo más duradero que un Palacio tomado: le dio la legitimidad para que el fraude no se pudiera repetir igual.
Si toma el Palacio en 1988, hoy lo recordaríamos como un intento de asalto. Como no lo tomó, lo recordamos como la elección que se robaron. Y por eso existe el IFE de 1990, la credencial con foto de 1991, y la alternancia del 2000.
A veces, en México, no tomar la Ciudad de México es la única forma de ganarla después.
