Que la libertad sea garantía; la justicia deje de ser promesa y escuchar a las víctimas, pide la CEM a los gobernantes

CEM

Episcopado Mexicano.

LLAMADOS A LA LIBERTAD

Mensaje del Episcopado Mexicano en el 216 aniversario del inicio de nuestra Independencia

«Ustedes, hermanos, han sido llamados a la libertad» (Gal 5,13)

A todo el Pueblo de Dios, a los hombres y mujeres de buena voluntad, y a cuantos habitan o transitan por esta tierra mexicana:

Damos gracias por la Patria

Al conmemorar 216 años del Grito de Dolores y 205 de la consumación de nuestra Independencia, los Obispos de México elevamos ante todo una acción de gracias. Damos gracias por esta tierra, por su gente laboriosa, por su hospitalidad, por su capacidad —tantas veces probada— de levantarse después del dolor. México no es una idea abstracta: son rostros, familias, comunidades, pueblos originarios, migrantes que llegan y que parten, jóvenes que sueñan y ancianos que recuerdan.

Llegamos a este 2026 con pasos construidos y con heridas abiertas. Hemos avanzado en conciencia de derechos, en participación de las mujeres, en instituciones que se han querido fortalecer, en solidaridad ante los desastres y en un anhelo social de paz que ya nadie puede ignorar. Al mismo tiempo, siguen sangrando la violencia, la desaparición de personas, la impunidad, la desigualdad que humilla y el desplazamiento forzado de comunidades enteras. Celebrar la Independencia no es cerrar los ojos: es recordar de dónde venimos para tener el ánimo de seguir construyendo.

El alma de nuestro pueblo

Nuestra Independencia nació abrazada a un estandarte. En Atotonilco, la imagen de Santa María de Guadalupe se convirtió en la bandera de un pueblo que se descubría nación. Fue el reconocimiento de que este pueblo ya tenía una Madre y, con Ella, una identidad común capaz de unir al indígena, al criollo y al mestizo en una sola casa. Hasta el primer Presidente de la República quiso llamarse Guadalupe.

Dos siglos después, Ella sigue siendo el corazón y el alma de nuestro pueblo. Y sigue pidiendo lo mismo que en el Tepeyac: que se le edifique su casita sagrada, para mostrar y dar todo su amor, su compasión, su auxilio y su defensa a sus hijos más pequeños, para escuchar su llanto y remediar sus penas, sus miserias, sus dolores. Mientras caminamos hacia el V Centenario del acontecimiento guadalupano en 2031, la Novena Intercontinental Guadalupana nos convoca a que ese amor se haga encuentro, reconciliación y justicia.

La libertad que celebramos

La Independencia evoca una palabra decisiva: libertad. Los Sentimientos de la Nación pedían que la esclavitud se proscribiera para siempre, que se moderara la indigencia y que la ley alcanzara por igual a todos: la intuición de que toda persona tiene una dignidad que ningún poder otorga y ningún poder puede quitar.

De esa raíz brotan los derechos humanos y la igualdad ante la ley. Y entre esos derechos, dos que pedimos proteger y cuidar: la libertad de expresión —que exige medios plurales, periodistas protegidos y un debate público que no descalifique al que piensa distinto— y la libertad religiosa, que no se reduce al culto dentro de un templo, sino que comprende el derecho de creer, de educar conforme a las propias convicciones, de asociarse, de servir y de aportar públicamente al bien común.

Cien años de una memoria que aún nos habla

Este aniversario patrio nos encuentra en la memoria centenaria del Conflicto Religioso (1926-2026). La evocamos en estas fiestas porque fue un conflicto fratricida entre hermanos que compartían una misma fe, un mismo corazón y una misma cultura, y porque su lección es urgente: cuando la libertad de conciencia se restringe, es la nación entera la que se lastima. Su memoria nos llama a pedir siempre que la libertad religiosa sea plenamente reconocida y ejercida como derecho humano fundamental, para los católicos y para todas las confesiones religiosas de nuestro país.

La Iglesia teje la libertad con caridad y la justicia

La Iglesia no es huésped en México: es parte de su tejido desde antes de que hubiera Estado. Sostuvo la primera educación, los primeros hospitales, los primeros asilos; formó a buena parte de quienes pensaron la nación; y no ha dejado de estar donde más duele. Hoy esa presencia tiene nombres concretos: Cáritas y sus miles de voluntarios en cada emergencia; colegios, universidades y fundaciones educativas; casas del migrante, comedores, dispensarios, albergues para mujeres y niños; centros de defensa de los derechos humanos; el acompañamiento a las víctimas y a sus familias; la reconstrucción del tejido social y el trabajo constante por la paz.

Todo ello nace de la generosidad libre y casi siempre anónima de millones de fieles. Con esa misma generosidad conservamos en pie y abiertos miles de templos que son patrimonio de la Nación y casa de todos, incluso de quienes no comparten nuestra fe. Esto lo decimos para recordar algo sencillo: el tejido social, la libertad y la paz en México se sostienen también con el trabajo callado y efectivo de los creyentes.

Lo que pedimos y lo que ofrecemos

A quienes gobiernan, en todos los órdenes, les pedimos que la libertad no sea concesión sino garantía; que la seguridad y la justicia dejen de ser promesa; y que se escuche a las víctimas. Además, en vísperas de un nuevo proceso electoral, pedimos que el debate público esté a la altura del pueblo que lo sostiene. A los ciudadanos, los invitamos a amar a México con honradez cotidiana, con participación, con cumplimiento de lo que a cada quien corresponde y cuidando del que menos tiene.

Desde la Iglesia, ofrecemos lo que somos: comunidades abiertas, manos para servir, palabra para denunciar sin odio y capacidad de tender puentes donde otros levantan muros.

Con Guadalupe, sigamos edificando la casita

Luchemos cada día por honrar el legado de quienes nos dieron patria y de quienes nos transmitieron la fe. Que María de Guadalupe, Madre del verdadero Dios por quien se vive, siga acompañando a nuestra nación y nos reúna siempre bajo su amparo.

¡Que viva México! ¡Que viva Santa María de Guadalupe!

Ramón Casttro Castro

Obispo de Cuernavaca

Presidente

Héctor M. Pérez Villareal

Obispo auxiliar de México

Secretario general

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