Chispitas de lenguaje

Las fórmulas de cortesía en alguna etapa de la historia caracterizaron el estilo de redactar. En español alcanzó formas muy rocambolescas. En México, en el sector Público, mantiene características tan barrocas, retorcidas y exageradas que rayan en lo incomprensible («Le reitero a usted las seguridades de mis más altas y distinguidas consideraciones»). Lo moderno —economía del lenguaje, directo y preciso— poco a poco se abre paso frente a la tradición.

La lengua es un instrumento con doble filo: por una parte, se reconoce como una herramienta para comunicarnos con eficiencia. Sin embargo, por la otra, también propicia la sectorización para que no se mezcle con otros. Es decir, que determinadas fórmulas de cortesía se usaron con fines de distinción entre grupos, particularmente entre clases sociales.

Vocablos y frases de cortesía se conocen a través de la relación epistolar (cartas) desde tiempos inmemorables. Las hubo en Mesopotamia, Egipto, Grecia, Cártago y Roma. Pero la relación epistolar no se limita a cartas entre individuos, también se observan muy particularmente en las relaciones comerciales. Para lograr acuerdos comerciales ventajosos para una parte, fue necesario incluir palabras y fórmulas lisonjeras —es decir, frases que no pertenecían estrictamente a la información de la transacción pero que ponderaban inusitadamente al comprador— para conseguir los objetivos.

En la Edad Media el uso de fórmulas de cortesía adquirió niveles extremos para reflejar jerarquías, mantener distancias interpersonales –entre clases sociales– y garantizar el respeto institucional o el reconocimiento del estatus del destinatario.

Para ello los responsables medievales de preparar la documentación para reyes y papas recurrieron a lo que hoy se conoce como are dictaminis, un conjunto de manuales de redacción. Estos regularon la composición de cartas, correspondencia oficial y documentos administrativos. Con sustento en la retórica de Cicerón y Quintiliano (muy destacados abogados romanos), los monjes que lo formularon, tuvieron el mérito histórico de mudar la retórica oral hacia la palabra escrita para resolver necesidades burocráticas y prácticas tanto de los reinos como del papado. Los textos producidos bajo sus lineamientos se presentaban como fórmulas lógicas argumentativas, pero adornadas con vocablos y frases lisonjeras para crear un mejor efecto en quien la recibía.

Se pueden distinguir perfectamente cinco secciones en esos textos: la salutación, que debía reflejar la jerarquía exacta y el estatus social relativo entre el emisor y el receptor; el exordio o ganancia de buena voluntad, que consistían en frases diseñadas para predisponer positivamente al lector: elogios sutiles y referencias a la justicia del destinatario; la narración, exposición de hechos o antecedentes; la petición, que era el núcleo o propósito de la carta donde se hacían la solicitud explícita si era de un menor jerárquico a un superior o el mandato, si era de un superior a un inferior; y la conclusión, ya el cierre formal del documento. Por supuesto, el estilo o tono cambiaba acorde con la jerarquía: grave si lo firmaba un rey o papa; medio si el firmante era un noble u hombre rico y humilde para el resto del pueblo.

Por fortuna, hoy día se prefiere lo directo y preciso.

sorianovalencia@hotmail.com

 

 

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