Polémica por tratamiento

En redes sociales se ha desatado una nueva polémica. Circula un video donde están en pantalla personas jóvenes que debaten sobre los daños causados por un fenómeno del clima. Pero en un momento, una chica reacciona desmesuradamente porque uno de los panelistas se refiera ella como ‘compañera’ (es persona del sexo femenino) en vez de ‘compañere’ (vocablo con la terminación ‘e’ que determinados grupos feministas defienden como alternativa de tratamiento). Este hecho hizo que el tema –de franca preocupación por la necesidad de auxilio a damnificados– pasara a segundo plano y se popularizara el tema de tratamiento.

No niego el derecho de cada cual a decidir cómo debe ser identificado. Incluso conozco casos de personas que rechazan el hipocorístico ‘Pancho’ de Francisco o médicos que sin el grado académico se incomodan por no ser tratados como ‘doctor’ (esto último también se percibe en otras profesiones). Entiendo que cada persona prefiera ser identificada como le resulta más grato. Sin embargo, la reacción desmesurada ante un fallo por cumplir la norma gramatical que manifiesta la «compañere» creo que propicia que quienes no aceptan esa modificación tengan argumentos para asumir una posición más enconada, burlarse y desprestigiar una propuesta con buena intención.

Querer modificar el idioma español para que desaparezca el género masculino y femenino tiene la buena intención de la armonía no solo entre sexos, sino incluso –rebasando el aspecto biológico– entre las preferencias sexuales y sus múltiples variantes. No obstante, no deja de ser una imposición sin antecedentes sociales e históricos y el lenguaje es una construcción de grupos (de ahí los lenguajes derivados del latín).

En una discusión en mi muro de FB, yo referí el caso de un gramático latino que en el año 325 d. C. publicó una obra para evitar lo que identificó como el deterioro del latín. Su propósito era evitar que se desvirtuara. Su intención fracasó, pero su obra es valorada por los errores que señala pues son base para conocer la evolución del latín a diversos idiomas. Las Academias de la lengua por ello ahora no son normativas, sino descriptivas. Es decir, que señalan lo que la mayoría de los hispanohablantes vamos teniendo por válido. Lo que pretendo indicar es que cuando al idioma se le intenta meter en un molde, la evolución lo impide. Ningún grupo –erudito o no– ha logrado imponerse en la forma de hablar de la sociedad.

¿Qué da rumbo a que la mayoría se familiarice, acoja y valide (con su aceptación y uso) determinados vocablos?: las condiciones materiales de existencia. Mientras se perpetúe el trato (actos que las nuevas generaciones aprenden por imitación) con tintes machistas, racistas, intolerantes, la forma de hablar no variará; porque se necesitan palabras para describir esas condiciones.

Ejemplifico, hace dos siglos un padre no podía decir a su hijo «apaga la luz cuando salgas de la habitación» porque no existían instalaciones eléctricas. Pues lo mismo pasa, con otros aspectos. Mientras sigamos diferenciando por el color azul y rosa a niños y niñas; maltratando a etnias o a quienes piensen diferente, seguirán los vocablos diferenciadores. El lenguaje cambiará cuando la sociedad cambie; las condiciones materiales de existencia propician el lenguaje. Si no en la sociedad deba de haber hechos diferenciadores, en el habla coloquial no habrá palabras distintivas. Por ello está destinado al fracaso el uso de la e en sustantivos y adjetivos que pretendan no hacer distingos.

La «compañere» del berrinche, con el mejor de los respetos, no abonó a la causa que pretende validar.

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