José Eduardo Vidaurri Aréchiga

Cronista Municipal de Guanajuato.

En el siglo XVI y con el propósito de contrarrestar los avances del movimiento de Reforma Protestante, se creó al interior de la iglesia católica española, la Compañía de Jesús, por acuerdo del papa Paulo III en 1540, aunque luego el papa Julio II perfeccionó las reglas de la orden. Su fundador fue Ignacio de Loyola (Iñigo López de Recalde) quien posteriormente alcanzaría la beatitud y la santidad.

La Compañía permitía la interacción abierta de sus miembros en sociedad, formaba sus cuadros en lo académico con una educación de excelencia que alcanzaba, casi siempre, niveles de erudición. Una de sus vocaciones más importantes fue la educación de primeras letras, secundaria y superior, aunque no descuidaban la labor del tipo de enseñanza de oficios y labores agrícolas.

De su labor educativa destacó la creación y encumbramiento de algunas de las instituciones de mayor prestigio en el periodo colonial, como ejemplo referimos los colegios máximos de San Pedro y San Pablo en México, semillero de académicos y generador de la estructura normativa del resto de los colegios de la Compañía.

Sus enseñanzas incluían la filosofía, las matemáticas, la teología y la jurisprudencia y se basaban en el método escolástico modificado por Francisco Suárez, aunque luego incluyeron en su currícula ciencias físico- químicas y naturales, así como astronomía. Prácticamente la mayoría de las escuelas secundarias y públicas estuvieron bajo su tutela, excepto las que enseñaban medicina, minería y arquitectura. Destacaron igualmente por su gran producción filosófica.

Los jesuitas llegaron a desarrollar su labor evangélica a la Nueva España en septiembre de 1572 y se enfocaron, al principio, en los territorios septentrionales fundando misiones en Durango, Baja California, Chihuahua, Sonora, Sinaloa y Nayarit, donde su labor fue apreciada como pacificadores evangelizadores. Más adelante iniciaron una expansión hacia las regiones del centro y Sur de la Nueva España.

En la década de 1580 y 1590 les fue encomendado la evangelización de la etnia que genéricamente denominaban “chichimeca”, proyecto importante porque estos chichimecas mantenían asolado el tránsito hacia la región minera del Norte y no dejaban en paz a los estancieros y colonos que se dedicaban a la agricultura y la ganadería.

Gonzalo de Tapia, sacerdote jesuita fundó en 1590 el curato de San Luis de la Paz, cuya labor pacificadora y evangelizadora rindió frutos, aunque moriría sacrificado por los naturales de una región más al Norte. Para 1594 llegaron a relevar a Tapia dos jesuitas más que establecieron una misión permanente. Entre las primeras acciones destacó la creación de una escuela para niños chichimecas donde se les enseñaba castellano, a leer y escribir, a rezar, a cantar y a tañer instrumentos musicales, así como las operaciones aritméticas básicas.

La labor de los jesuitas se extendió a regiones de la Sierra Gorda y el Potosí mexicano activando la vida urbana, fundando nuevos poblados, introduciendo servicios, cultivos y procesos de aprovechamiento del ganado y dando impulso a la minería. En Celaya se hicieron esfuerzos para contar con la presencia de los misioneros desde 1641, pero prosperaron hasta 1719 cuando el capitán Manuel de la Cruz y Sarabia y su familia ofrecieron bienes que garantizaban la permanencia y el sustento económico de los religiosos. En Celaya instalaron un colegio en 1720. En León iniciaron en 1729 logrando su aceptación en 1731.

El primer misionero jesuita que vino a la población de Guanajuato salió de Zamora Michoacán en 1582, se trató de Hernán Suárez de la Concha que vino en compañía de dos misioneros más. La visita respondía a las peticiones externadas por la población y también a la expectativa económica que generaban los centros mineros por sus posibilidades de crecimiento y desarrollo.

Hacia 1606 otro jesuita, Pedro Sánchez, calificó a Guanajuato como una población apta para el establecimiento de un colegio, sin embargo su delicada salud y luego su muerte, ocurrida en 1607, no permitió la culminación de ese noble objetivo.

Luego, en 1616, la población de Guanajuato adoptó como patrono protector al beato Ignacio de Loyola, dedicándole desde entonces una solemne festividad el 31 de julio, la consagración de dos grutas en el cerro de la Bufa y una romería que pervive con gran arraigo hasta nuestros días, una muestra de la devoción ignaciana y de afecto a la Compañía de Jesús. 

Cuando Ignacio de Loyola fue beatificado en 1624, la población guanajuateña lo celebró jubilosamente y refrendó su compromiso de fidelidad hacia el santo patrono protector. En 1676 la población de Guanajuato recibió al padre jesuita José Vidal que desarrolló una importante labor de conciliación entre la población minera que protagonizaba, regularmente, terribles enfrentamientos derivados de la codicia que despierta la actividad minera.

La presencia de los jesuitas en la población siempre tuvo efectos positivos y la presencia de José Vidal avivó el interés de poder contar con una misión permanente para atender, además de las necesidades espirituales, la educación de la niñez y juventud guanajuatense. El entonces oidor Juan Díaz de Bracamonte se dio a la tarea de buscar esa presencia permanente, pero de nueva cuenta los resultados fueron poco satisfactorios.

El magnífico documento denominado Annuas de las Misiones de la Compañía de Jesús en Guanajuato, se refieren algunos detalles sobre el origen y la fundación del colegio hospicio de la Santísima Trinidad de Guanajuato, precedente histórico de nuestra Universidad de Guanajuato.

Portadilla de las Annuas de las Misiones del Colegio de la Compañía de Jesús en Guanajuato. Fotografía J.E.V.A

En el referido documento se cuenta que fue un sacerdote llamado Antonio de Ybarbuen, que había sido educado en San Ildefonso y que tenía en alto concepto a la compañía de Jesús, quien estando en una reunión con algunos de los vecinos principales de la todavía Villa, comentó sobre la falta de un colegio que se encargara de la formación de los niños y jóvenes de la población, argumentando que sería magnífico que fuesen los jesuitas los encargados de fundar un colegio en Guanajuato.

Doña Josefa Teresa de Busto y Moya. Autor anónimo. Colección de la Universidad de Guanajuato. Fotografía J.E.V.A.

Entre los asistentes a esa reunión se encontraba doña Josefa Teresa de Busto y Moya, una acaudalada benefactora de la población que sensiblemente comprendió la importancia del proyecto que planteaba el sacerdote Antonio de Ybarbuen, y que sin demora resolvió dejar el quinto de sus bienes haciéndose fundadora del colegio.

Doña Josefa aportó inicialmente dos fincas, una con valor de $26,000 ubicada en la esquina de la plaza de la parroquia bajando por el camino de las minas (la de Rayas y la de Mellado), y la otra que valuó en $11,000 y que fue la que sirvió de habitación a los jesuitas y, además, incrementó sus donativos cediendo los bienes, por $7,000, que tenía en su acreedor José Antonio de Mendizábal en las haciendas de Peralta y de Munguía y otros bienes hasta alcanzar en total la suma de $50,000.

También aportó $10,000 el marqués de San Clemente don Francisco Matías de Bustos y otro adinerado empresario minero don Juan de Hervas con $5,000.

A tan noble iniciativa se sumaron luego otros 14 mineros (dueños de minas) que acordaron, por escrito, colocar en sus respectivas minas un cesto para recolectar metal cuya utilidad sería entregada para la fábrica del templo y del colegio de la Compañía de Jesús en Guanajuato.

Juan Antonio Oviedo, provincial de los jesuitas, aceptó los donativos y envió a un selecto grupo de jesuitas a Guanajuato: los sacerdotes Mateo Delgado, José R edona y Bernardo Lozano, ellos iban acompañados de dos legos: Diego Camarena el maestro de gramática y José Volado el maestro de escuela, quienes desde el 1 de octubre de 1732 (hace 288 años), se establecieron en una de las casas donada por la fundadora que se localizaba próxima al hospital de indios otomíes donde fijaron su residencia y comenzaron su apostolado educativo al que denominaron, por petición de doña Josefa, Hospicio de la Santísima Trinidad.

Simultáneamente al inicio de actividades se realizaron las gestiones ante la corona española para exponer la utilidad y provecho que representaba la creación del colegio. Diversos testimonios se integraron en la representación enviada a la corona, dos obispos de Michoacán don José Escalona y Calatayud y don Francisco Matos de Coronado conminaron al rey de España, a reconocer las ventajas de otorgar la licencia real para el funcionamiento de la institución.

Se sumó a los esfuerzos de dona Josefa Teresa de Busto y Moya, otro rico minero y empresario guanajuatense, don Pedro Bautista Lascuráin de Retana, quien se comprometió, desde 1738, a sostener la misión permanente de jesuitas y a un maestro de filosofía.

Autor anónimo. Colección de la Universidad de Guanajuato. Fotografía J.E.V.A.

La Cédula otorgada por el rey Felipe V, se emitió en España el 20 de agosto de 1744 y llegó a Guanajuato el 30 de julio de 1745 en medio de grandes celebraciones. Debemos referir que doña Teresa Josefa de Busto y Moya había fallecido el 13 de abril de 1742 en su Hacienda de San Miguel de Aguas Buenas y que, don Pedro Bautista Lascuráin de Retana había fallecido también el 2 de abril de 1744 en Valle de Santiago. 

La construcción del templo comenzó hacia 1747 y concluyó luego de 18 años de trabajo en 1765. En el año de 1761 se abrió el curso de filosofía con una inscripción de 15 alumnos.

En 1767 se llevó a cabo la expulsión de los jesuitas de los dominios españoles y el colegio permaneció cerrado hasta 1785 cuando se reestablece la actividad educativa bajo la denominación de Colegio de la Purísima Concepción.

En 1798 el colegio estuvo bajo la supervisión de los sacerdotes filipenses. En esa época se inició el internado y se impulsaron importantes reformas por parte del intendente Juan Antonio de Riaño y Bárcena que invitó a los profesores José Antonio Rojas, José María Chico, Rafael Dávalos y José María Liceaga.

Vista interior del patio de estudios del entonces Colegio del Estado,  de una antigua pintura. Fotografía J.E.V.A.

Para 1807 el colegio tuvo por patrono al Ayuntamiento local y, después de la independencia, en 1828 reabrió sus puertas con carácter oficial y ofreciendo además del bachillerato las carreras de ingeniería y la de abogado. Con importantes transformaciones en 1870 fue denominado Colegio del Estado y en 1945 el antiguo y benemérito Colegio del Estado se transformó en nuestra querida Universidad de Guanajuato.

Fue así como inició el proyecto educativo, científico y cultural más importante de Guanajuato, un esfuerzo que luego de 288 años se muestra con orgullo de su herencia y de sus frutos bajo la denominación de Universidad de Guanajuato, mi alma mater. Enhorabuena.

Edificio central de la Universidad de Guanajuato.

J.E.V.A.Octubre 2. 2020

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