Origen del Día de Todos los Santos y el de los Fieles Difuntos

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Foto EFETUR/JUAN JESÚS CORTÉS

CDMX 1 de noviembre de 221.- El Día de Todos los Santos y el de los Fieles Difuntos, fueron instituidos por la Iglesia en épocas distintas y sus fechas de celebración sufrieron varías modificaciones, antes de quedar fijadas para el 1 y 2 de noviembre, respectivamente.

La enorme cantidad de mártires cristianos que produjo la persecución de Diocleciano (284-305), llevó a la Iglesia en el siglo IV a establecer un día para conmemorarlos a todos, pues el almanaque no alcanzaba para darles a cada uno el suyo.

La fecha primigenia elegida fue el 21 de febrero. Pero en 610 la liturgia de los santos cambió al 13 de mayo, día en que el papa Bonifacio IV consagró el Panteón Romano -donde se honraba a los dioses paganos antes de la cristianización- como templo de la Santísima Virgen y de Todos los Mártires.

Más tarde, Gregorio III (731-741) la transfirió al 1º de noviembre como respuesta a la celebración pagana del Samhain o año nuevo celta -ahora llamado Halloween o Noche de Brujas- que se festejaba la noche del 31 de octubre, en la creencia de que se producía la apertura entre el mundo tangible y el de las tinieblas, y que los muertos venían a visitar a los vivos.

Luego, Gregorio IV (827-844) extendió la celebración a toda la Iglesia; sin embargo, hasta hoy los ortodoxos griegos conmemoran el Día de Todos los Santos en una fecha móvil: el primer domingo después de Pentecostés.

El Día de los Fieles Difuntos es un tanto más tardío y no se originó en Roma, sino en Francia: comenzó en el Gran Monasterio de Cluny, el 2 de noviembre de 998, cuando San Odilo, su quinto abad, decidió rezar por el descanso de «todos» los muertos.

Hasta allí, en Cluny, se estilaba celebrar los «psalmi familiares», o preces por los protectores laicos, vivos o difuntos, pertenecientes a los linajes aristocráticos europeos, porque esto favorecía las donaciones de los poderosos, muchos de los cuales formaban parte de la orden.

Lo que hizo San Odilo fue «democratizar» los psalmi, extendiéndolos un día al año a todos los finados, pobres incluidos. La iniciativa caló profundamente en Francia, pero Roma recién la adoptó en el siglo XIV y gradualmente se expandió a toda la Iglesia: en el siglo XV llegó a España y de allí pasó a América, donde se entroncó con las tradiciones indígenas.

Bastante después, el papa Benedicto XV (1914-1922) les dio a los curas la posibilidad de ofrecer tres misas el 2 de noviembre: una por las pobres ánimas, otra por las intenciones del Papa y la otra por las intenciones del sacerdote.

Cabe distinguir que si el 1 de noviembre los católicos les rinden culto a todos los santos, el 2 de noviembre rezan por todos los difuntos, pero no les rinden culto, porque la Iglesia no le rinde culto a la muerte.

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