José Eduardo Vidaurri Aréchiga

Cronista municipal de Guanajuato

El origen de nuestra población deriva del descubrimiento de yacimientos de plata y oro en las entrañas de sus montañas hacia 1548 y 1550, de acuerdo con lo que consigna la historia y la tradición.

La minería ha sido la esencia de nuestra población y la generadora de la actividad que ha impulsado la creación de riqueza cultural y patrimonial. Gran parte de los rituales sociales surgen de la profunda religiosidad popular del pueblo minero que ha sabido preservar por centurias ese universo de expresiones que hacen de nuestra ciudad y de su población algo verdaderamente excepcional.

La historia de la minería es también la historia del esfuerzo y del sacrificio cotidiano de las mujeres y hombres que en el devenir del tiempo han dejado su vida en las pesadas labores que impone la extracción y el beneficio de los metales que son arrancados de las entrañas de la tierra.

En el siglo XVI se dio el brutal enfrentamiento entre los ambiciosos conquistadores y buscadores de riqueza que desplazaron violentamente a los pueblos originarios identificados genéricamente como chichimecas y, desde entonces, las ricas vetas de plata de Guanajuato se convirtieron en un imán que atrajo a un sin número de aventureros.

Luego llegaron los traficantes de trabajadores indígenas: los había mexicanos, tarascos, otomíes, mazahuas y otros, además de que también traficaron con africanos que eran tratados con las condiciones de esclavos.

El Cristo de los mineros del Mineral de La Luz. Fotografía J.E.V.A.

Las obligaciones de estos esclavos consistían en excavar, extraer, moler y beneficiar el argentífero mineral. Adicionalmente también se ocuparon del resto de las labores como construir todo tipo de edificaciones, labrar la tierra y la roca y todo lo imaginable. La ambición humana ha sido el motor de esa fantástica empresa.  

Así trascurrieron siglos hasta que la lucha por la Independencia nacional cambió las ventajosas condiciones que tenían los españoles sobre los nacidos en estas tierras. La guerra arruinó también en gran medida la industria minera y la economía en general de la región y de la nación entera.

Después de la consumación de la Independencia comenzó, paulatinamente, la reactivación de la economía con múltiples proyectos e inversiones, a veces acompañadas del éxito y otras tantas del fracaso.

En el último tercio del siglo XIX la inversión norteamericana y la introducción de la energía eléctrica, de nuevas tecnologías y novedosos métodos de explotación permitieron una fructífera etapa de esplendor de la minería guanajuatense, aunque las condiciones de los trabajadores no experimentaron mejorías ya que seguía siendo una actividad extremadamente riesgosa y difícil.

Interior de la mina de Sirena hacia 1900. Imagen tomada de internet.

Al comenzar el siglo XX la minería de Guanajuato se encontraba en una situación relativamente favorable debido a las inversiones que las compañías norteamericanas habían hecho en el ramo. A lo anterior se sumaba el hecho de que la introducción de energía eléctrica, también por compañías norteamericanas, había favorecido un buen desarrollo de otras actividades económicas y del campo.

El nivel de vida de la población había mejorado un poco, se introdujeron nuevas técnicas en la extracción de los minerales, aunque de manera contrastante se redujo el número de empleos debido a la introducción de maquinarias, también disminuyó notablemente el uso de animales de tiro y carga y, en consecuencia, se incrementó el desempleo en el sector minero.

La inversión en la industria minera era primordialmente norteamericana y era común que estas empresas no se sujetaran a la regulación de las leyes mexicanas, sino que seguían sus propias normativas.

Desde 1910, año en que inició la última gran revolución, se generaron múltiples trastornos políticos y económicos. Al finalizar la revolución, con los funestos resultados que deja una lucha tan prolongada  entre hermanos, la minería guanajuatense vivió una etapa de profundo estancamiento y el hambre y la desesperanza asolaron a la población.

El trabajo en la minería se comenzó a reactivar en la década de los veintes, pero era escaso y mal pagado, las  prolongadas jornadas no cubrían el trabajo extra ni se tenían prestaciones de salud y retiro, los trabajadores de las minas estaban absolutamente desamparados y padecían, con frecuencia, enfermedades como la silicosis que les robaba la vida, o bien padecían trágicos accidentes por las nulas condiciones de seguridad en que laboraban; cuando un trabajador moría se le dotaba por parte de las compañías, y de mala gana, la caja mortuoria. 

La crisis económica mundial de 1929 vino a recrudecer aún más la situación. La producción minera se vino a la baja, el valor de la plata se depreció y los trabajadores de la mina parecían haber quedado al olvido.

Nuestro pueblo minero guanajuatense, desesperado y con hambre, decidió organizarse en noviembre de 1935 y se declararon en huelga; a fines de 1935 y principios de 1936 iniciaron una marcha hasta la Ciudad de México denominada “caravana del hambre”.

Más de 1200 trabajadores mineros de Guanajuato pedían la celebración de un contrato colectivo de trabajo y el respeto a las garantías que establecía la Constitución de 1917, sin embargo, no fueron escuchados. De ellos poco más de 700 se fueron a la marcha y el resto se quedó a custodiar las minas. La marcha, que se distinguía por que llevaban sus vestimentas de trabajo y sus cascos de minero, fue notable y despertó la atención de la nación.

Los mineros asesinados el 22 de abril de 1937.

Los mineros de Guanajuato seguían, en 1937, en la búsqueda de conformar una asociación sindical que velara por sus derechos y los de sus familias. El día 22 de abril de 1937 (hace 84 años), un grupo de líderes sindicalistas conformado por Juan Anguiano, Reynaldo Ordaz, Antonio Vargas, Luis Fonseca, Simón Soto y Antonio García, que regresaba de la mina “El Cubo” a Guanajuato fueron cobardemente asesinados por órdenes de quienes tenían interés en aniquilar la naciente semilla del sindicalismo minero que buscaba defender los derechos y la dignidad del pueblo minero guanajuatense y sus familias.

Las narraciones sobre los acontecimientos nos dicen que pasado el medio día de aquel funesto 22 de abril los líderes mineros salieron del mineral de El Cubo con rumbo a Guanajuato en un auto de alquiler que era conducido por José Gómez, luego de avanzar unos 6 km se toparon con unas piedras que obstruían el paso y que obligaron al conductor a descender para despejar el camino.

De repente, como de la nada, aparecieron unos 30 jinetes armados que ordenaron a los ocupantes a bajar del auto, luego les pidieron que pronunciaran uno a uno sus nombres, también les preguntaron por otro líder, Antonio Barroso que no iba en el auto.

Bustos de los mártires del 22 de abril en El Cubo. Fotografía 2019. J.E.V.A

Les pidieron que se alejaran del lugar para ejecutarlos cobardemente sin ninguna consideración ante la atónita mirada del chofer.

Los mineros caídos son reconocidos como los mártires del 22 de abril por la sociedad y las organizaciones defensoras de los derechos laborales. Su lucha es un ejemplo de dignidad que debe ser conmemorado, como ocurre cada 22 de abril. Representan el orgullo de la comunidad minera guanajuatense y nacional que lucha por sus derechos y por la construcción de una mejor sociedad, más justa e incluyente.

Sean estas líneas un modesto homenaje a los mártires de la minería del 22 de abril y de todos los tiempos.

  J.E.V.A.Abril 23 de 2021

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