La misión del padre José Vidal y los “zafenis” o “zasemis” en el Guanajuato de hace 344 años

Retrato de José Vidal Figueroa. Fototeca I.N.A.H.

José Eduardo Vidaurri Aréchiga

Cronista municipal de Guanajuato.

Hagamos de nueva cuenta un pequeño viaje al pasado y conozcamos algo más de las viejas estampas de nuestra historia, de nuestras tradiciones y personajes. El día de hoy recordaremos a un hombre de esos que han contribuido a hacer de Guanajuato y de otras partes un lugar propicio para la Leyenda, el misionero jesuita José Vidal que tuvo una vida llena de acontecimientos, digamos, sobrenaturales, muy propios del siglo XVII cuando transcurre la historia que hoy recordaremos porque sin duda se trata de situaciones que quedan impresas en la fantasía.

Joseph Vidal Figueroa, hijo de Joseph de la Cruz y de María Vidal, nació en la Imperial Ciudad de México, aunque se desconoce la fecha exacta, se sabe que fue bautizado en la Parroquia de la Vera-Cruz el 6 de marzo de 1630. Aunque su familia era muy humilde se ocupó de proporcionar una buena educación al pequeño que mostró desde su infancia predilección por la oración, el ayuno y la disciplina. A los nueve años destacaba por su habilidad lectora y su razonamiento matemático.

Plaza Mayor de la Ciudad de México en el siglo XVII. Imagen tomada de internet

Gustaba de vestir con el hábito de los carmelitas descalzos por lo que le llamaron “el frayle fingido”. A los nueve años comenzó a estudiar Gramática y Retórica en el Colegio Máximo de San Pedro y San Pablo de la ciudad de México, a los doce comenzó los estudios de Filosofía con el Maestro Simón Tostado, luego prosiguieron los estudios de Teología para ingresar a las filas de la Compañía de Jesús en Tepotzotlán el 14 de mayo de 1645.

Cuando cumplió dos años de noviciado enfermó de tifus exantemático o de tabardillo como le llamaban a la infección epidémica transmitida por el piojo. La enfermedad lo dejó sordo de ambos oídos y los superiores decidieron no aceptarlo a los votos religiosos porque dicha condición lo inhabilitaba para muchas de las actividades del ministerio religioso. José Vidal probó toda clase de medicamentos sin que tuviera un resultado positivo, fue el consejo de un indio vecino de Tepotzotlán que sugirió le aplicasen un remedio compuesto con la sangre caliente que emanaría de la cola de un Armadillo partida en dos. Fue así como prodigiosamente sanó y pudo hacer los votos que lo convirtieron en un verdadero religioso de la Compañía de Jesús. Ya pudo cursar así, en la ciudad de México, las letras humanas y las facultades mayores. Concluidos sus estudios fue profesor en México, en Puebla y en Valladolid para ordenarse de todas órdenes en diciembre de 1652.

Tepoztlán. Imagen tomada de internet.

Además de desempeñarse como catedrático José Vidal gustaba de explicar públicamente la doctrina en las plazas llamando a la gente con una campanilla y dirigiéndose en especial a los jóvenes y a la gente ruda en los pueblos más desamparados, como refiere en la biografía publicada en 1752 por el padre Juan Antonio de Oviedo, José Vidal lo que buscaba era dedicarse de lleno al poco lustroso oficio de las misiones. Pero eso ocurriría luego de que se desempeñara como rector del Colegio Máximo de San Pedro y San Pablo.

Colegio Máximo de San Pedro y San Pablo en México. Imagen INAH

José Vidal gustaba también de acudir a las cárceles y hospitales para brindar ánimo y consuelo a los más necesitados. Acudía a escuchar la confesión de quién lo necesitara sin importar la hora del día ni la ubicación del sitio. Así fue como comenzó a tener participación, quizá involuntaria, en una serie de increíbles acontecimientos que con el paso del tiempo se convirtieron en leyenda.

Como la de aquel Clérigo que por 1670 vivía en la casa número 3 de la calle de la Puerta Falsa de Santo Domingo, en el centro histórico de la ciudad de México, en una relación poco digna de un ministro de la iglesia con una mujer, la cual luego de un sobrenatural suceso, atribuido a la justicia divina, amaneció muerta y herrada de pies y manos, situación que fue testificada por el padre José Vidal y otros dos sacerdotes un secular y un carmelita. El episodio fue rescatado por el historiador guanajuatense Luis González Obregón en su libro sobre las calles de la ciudad de México.

Placa que identifica la antigua calle de la Puerta Falsa de Santo Domingo en la ciudad de México. Imagen del internet.

Hubo en la ciudad de México cierta persona eclesiástica, que no correspondiendo a las obligaciones de su estado, vivía en mala amistad con una mujercilla que tenía siempre dentro de su casa. A poca distancia vivía un herrador compadre de este hombre miserable, y sabedor de esta mala correspondencia, porque con la llana y licencia del compadre y amigo, entraba y salía libremente en la casa, y sabía cuanto en ella pasaba. Sucedió, que una noche estando ya recogido el herrador, le tocaron con mucha prisa a la puerta. Salió a ver quien era, y halló a dos negros, que traían una mula, y de parte del compadre le dijeron, que le precisaba mucho salir muy de mañana en aquella mula al Santuario de Guadalupe, y así le suplicaba la herrase. El herrador, aunque mostrando disgusto, y enfado, por ser la hora tan importuna, abrió la puerta y herró a la mula. Sacaronla los negros dándole tantas y tan necias palmadas, que a voces hubo de reñirlos el herrador por la crueldad que trataban a la mula. Recogiole otra vez y cuidadoso del repentino viaje de su compadre, luego que amaneció fue a su casa, y con la llaneza y familiaridad acostumbrada se entró hasta el aposento en donde dormía, y hallando que estaba en la cama le dijo, ¿estamos buenos compadre? Qué me hace levantar levantar a media noche a herrar una mula y se está muy de espacio en la cama. ¿Qué mula? Respondió, ¿acaso chanceamos? La que me envió usted, replicó el herrador, a que la herrase para ir muy de mañana a Guadalupe. Oyendo eso se volvió a su amiga que tenía al lado y le dijo, ¿oyes lo que dice nuestro compadre? Le reiptió dos veces la pregunta y como no respondía, levantó la ropa de cama y la halló muerta con un freno en la boca y herrada de pies y manos, y reconoció el herrador sus herraduras y las señales de las palmadas que los negros le habían dado, y ya se habrá de comprender cual fue el asombro y horror de los presentes al grado que llamaron al padre Vidal y al padre Francisco Antonio Ortiz que fueron testigos del suceso y que determinaron sepultar en secreto el cuerpo de la mujer, el testimonio, refieren, lo escribió el propio padre Vidal en el libro de sus misiones”.

La mujer errada, representación del mito urbano. Ima-
gen de internet.

El padre Vidal misionó por primera vez, en 1663, siendo profesor de teología, en las vacaciones, su intención original era llegar al pueblo de San Miguel el Grande, pero solamente pudo llegar al Real de Minas de los Pozos en donde confesó a miles, predicó sermones, impartió doctrina y organizó procesiones que despertaron el entusiasmo y afirmaron la fe de los habitantes de ese pueblo. 

También misionó en Celaya donde logró uno de los propósitos principales de esas misiones, el mejoramiento de las costumbres y el fortalecimiento de la devoción a la virgen. Luego misionó en Puebla, en Ruano en el actual Estado de México, en San Juan del Río, en Querétaro, de ahí intento proseguir a Guanajuato, pero la presión de muchas personas influyentes lo llevó primero a San Luis Potosí y posponiendo así su presencia en nuestra población.

Escudo de Celaya. Tomado de la Historia de la nación mexicana, del P. Mariano Cuevas S.J Fotografia J.E.V.A

En el camino hizo una parada en San Luis de la Paz donde había Colegio Jesuita. Al regreso a la ciudad de México fue atacado por un mulato en la hacienda de Puerto de Nieto próxima a San Miguel logrando salvar milagrosamente su vida.

Llegó así el año de 1676 y Guanajuato empezaba ya a dar muestras de su grandeza como centro minero, el trabajo en las profundidades de la tierra era productivo pero cruel, como la ambición de los hombres que buscaban la riqueza aún a costa de terribles sacrificios. Vivían entonces en las minas de Guanajuato unas 30 mil personas.

Cinco años antes, en 1671, había comenzado la construcción del magnífico templo que conocemos en la actualidad como la Basílica Colegiata de Guanajuato y cuya duración se prolongó por espacio de 25 años. Un símbolo de la bonanza que empezaba a experimentar Guanajuato.

Vista de una hacienda de beneficio en Guanajuato. Tomado de la Historia de la nación mexicana, del P. Mariano Cuevas S.J Fotografia J.E.V.A

La vida entonces era dura, la codicia ese afán excesivo por la riqueza y la ambición se imponía y era la causa del rudo trato entre los propios vecinos, los barrios, las cuadrillas y los empresarios mineros. No existía una convivencia armónica, las autoridades buscaban estrategias para aplacar el ambiente lleno de violencia, de excesos, de abusos y de crímenes.

El crimen entre hermanos durante los zafenis. Recreación en dibujo de Manuel Leal. Fotografia J.E.V.A

Así describen algunas crónicas al Guanajuato de ese periodo, el último cuarto del siglo 17. De acuerdo con la biografía del padre Vidal imperaba en Guanajuato la discordia entre el vecindario, particularmente los plebeyos y sirvientes de las minas que formaban bandos que tenían sus capitanes y que dirigían a sus cuadrillas mismas que constantemente se desafiaban entre ellas y protagonizaban sangrientos enfrentamientos conocidos entonces como Sazemis en los que salían a relucir armas de fuego, piedras, cuchillos y toda clase de objeto que pudiera hacer daño a los rivales.

El padre Vidal comenzaba los preparativos de su viaje a Guanajuato al tiempo que algunos fieles acudían a la parroquia santafecina al rosario, cuando muchos comenzaron a tener una misteriosa visión, de pronto aparecía en el púlpito un jesuita que predicaba con emoción, pero antes de concluir el rosario desaparecía sin que nadie encontrara una explicación coherente de lo que sucedía. Las apariciones del jesuita predicador eran cada vez más frecuentes.

Un misionero en la selva. Tomado de la Historia de la nación mexicana, del P. Mariano Cuevas S.J Fotografia J.E.V.A

Entretanto el viaje del padre Vidal tuvo algunas paradas imprevistas en algunas poblaciones intermedias, pero cuando por fín pudo llegar a Guanajuato, la población se sorprendió de ver, en el padre Vidal, a aquel jesuita que hizo sus apariciones en el púlpito de la parroquia desde unas semanas antes. El rumor de que era el jesuita aparecido corrió y fue natural que el padre Vidal juntara multitudes en sus predicaciones.

Su misión se extendió por tres semanas entre los meses de junio y julio de 1676, imagínense unos días como los que corren ahora, pero de hace 344 años. Sus prédicas se enfocaron en la construcción de una convivencia más armónica, más respetuosa, trabajó mucho con los conocidos capitanes de los Sazemis o Zafenis a quienes logró reconciliar. Predicó un brillante sermón conocido como del perdón de las injurias y logró intervenir en la resolución de complejos problemas entre los dueños de las minas.

Cuando por fin la misión que encabezaba el padre José Vidal hubo de partir de Guanajuato, los habitantes agradecidos acompañaron a los misioneros en su trayecto hasta cinco leguas, algo que equivaldría en la actualidad a unos 28 kilómetros. El padre José Vidal dejó en Guanajuato también un fortalecido culto a San Francisco Xavier y a la Virgen María en su advocación de Nuestra Señora de los Dolores. Se cuenta que desde entonces acabaron los enfrentamientos o Zafenis y la población quedó deseosa de recibir de manera permanente una misión jesuita, situación que ocurrió 56 años después en 1732.

La prédica del sermón. Recreación en dibujo de Manuel Leal. Fotografia J.E.V.A

Por lo que respecta al padre José Vidal cerraré diciendo que padeció luego severas enfermedades como la gota, agudos dolores de estómago y de cabeza que lo mortificaban cada vez con mayor frecuencia. Falleció el misionero el 26 de mayo de 1702 a la edad de 72 años.

La información que aquí he comentado la obtuve del libro Vida Admirable, apostólicos ministerios y heroicas virtudes del venerable padre José Vidal de la Compañía de Jesús en la Provincia de la Nueva España, escrito por el padre Juan Antonio de Oviedo y publicado en el año de 1752.

 Recordemos y seamos solidarios en la medida de las posibilidades. Recuerden atender las recomendaciones de las autoridades sanitarias y del municipio por el bienestar de todos y, si es posible mejor quedarse en casa. Muchas gracias.

J.E.V.A.2020. JULIO 10.

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