La fuerza de la palabra

Hace ya algún tiempo señalé que la fuerza de la palabra es poderosa. Sin embargo, hoy adquiere una magnitud tal que refleja las dimensiones.

Ayer tomó posesión el nuevo presidente de los Estados Unidos de América, Joe Biden. Días antes, supongo que con el propósito de restarse responsabilidad, Donald Trump –el presidente saliente– dijo enorgullecerse de ser el único presidente de su país que no inició una guerra armada (diferente de las confrontaciones comerciales, calificadas de «guerra» por algunos).

Esta última declaración es totalmente cierta, no inició ni desarrollo guerra armada, pero su discurso siempre fue agresivo, de rencor, de odio. Por ellos, cientos de voces lo califican del presidente más agresivo del país del norte. Los demás (y creo que Biden no será la excepción), sus discursos siempre han sido de paz, concordia, reconciliación; no obstante invasiones, desestabilizaciones o financiamiento de golpes de Estado. A Obama le dieron el premio Nobel de la Paz y a los días estaba enviando tropas al Golfo Pérsico.

Por lo visto, las palabras dejan huella y opacan los hechos.

Días antes, el discurso de Trum inflamó sentimientos y provocó una turba nunca vista en el Capitolio. El saldo fueron cinco muertos, incluido el guardia que los noticieros omiten.

Si conociera algo de historia, Trump hubiera identificado que todos los grandes generales (su calidad de presidente lo acerca) siempre antes de las batallas arengaban a sus tropas. Ello les hacía más efectivas en combate. Es decir, que las palabras los hacía pelear con mayor entrega. Las palabras sembradas en el corazón obnubilan la mente y hacen actuar con pasión.

De ahí, que muchas veces sea más fácil en campañas políticas crear imágenes de determinados candidatos y su práctica en el servicio público pase muy inadvertida. Los políticos avezados (no como Trump) saben perfectamente aquel viejo dicho: «Crea fama (desde luego, mediante las palabras) y  échate a dormir».

Las palabras conquistan corazones. Uso la palabra conquista con las dos acepciones: en combate y en amores. Es muy conocido que los poetas, maestros de la palabra, fueron capaces de conquistar el amor de las más bellas mujeres… y también al revés la mujeres, hombres. Me refiero a que el poema de amor más antiguo del que se tiene registro (cuatro mil años de antigüedad) fue escrito por una mujer. Es decir, que el poeta más antiguo fue una mujer y conquistó a su rey.

Los psicoanalistas bien lo saben, las palabras sanan. Las terapias son encuentros en los que el paciente expone sus sentimientos. Incluso la alexitimia es un mal que se caracteriza por la incapacidad del paciente por resolver su padecimiento a causa de desconocer significados y la no utilización de palabras. Es decir, que las palabras tiene un impacto de tal profundidad en nuestro ánimo que podrían hacernos menos o más vulnerables.

Ya también en la antigüedad y actualmente en la cultura árabe el valor de la palabra es incontrovertible. Si alguien da su palabra, como en los juicios de nuestra cultura, el testimonio hasta hace muy poco era prueba suficiente.

sorianovalencia@hotmail.com

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