El fusilamiento del padre Nieves

Por Sergio Hernández

Cortazar, Gto. julio 25 de 2019.- Hace poco más de un mes se cumplieron 90 años de que oficialmente finalizó la Guerra Cristera. Esto ocurrió el 21 de junio de 1929 con los acuerdos entre el arzobispo Leopoldo Ruiz y Flores, como delegado apostólico del Papa Pío XI, y el entonces presidente del país, Emilio Portes Gil.

En ocasión de ello el cronista Jorge Vera Espitia, recordó los últimos momentos que vivió el beato Elías del Socorro Nieves, encargado entonces del templo de los Dolores en la cañada de Caracheo, perteneciente a este municipio, el cual no estuvo ajeno a la llamada «Guerra cristera».

Este conflicto armado enfrentó al Gobierno federal con grupos de fieles “cristeros”, quienes se indignaron por las medidas legales emitidas contra la Iglesia y el culto religioso.

Los cristeros tenían como su lema principal “Viva Cristo Rey y Nuestra Señora de Guadalupe.” Se estima que en el conflicto murieron más de 60 mil soldados y 25 mil cristeros.

Cuando el presidente Plutarco Elías Calles sucedió en la presidencia al general Obregón, mostró una postura radical ante la Iglesia y ordenó cerrar las escuelas católicas y los conventos, expulsó a los sacerdotes extranjeros y el 31 de julio de 1926 ordenó  la suspensión los actos de culto en la república.

A partir de ese día los sacerdotes se diseminaron en casas y oratorios particulares, pero los que continuaron con sus actividades en los templos, fueron encarcelados o muertos.

Mucha gente, especialmente los campesinos, creyeron que el presidente Calles había mandado cerrar los templos, -cuando fueron los mismos sacerdotes los que lo hicieron-, como medida de presión para derogar «La ley Calles».

Al no contar con los servicios de su fe por los sacerdotes en las iglesias, como misas, bautizos, bodas y la extremaunción de los enfermos, se produjo el levantamiento en armas para tratar de quitar a Plutarco Elías Calles de la presidencia.

El clero afirmaba que no estaba en favor de la guerra, pero muchos sacerdotes empezaron a dirigir grupos de combatientes cristeros, produciéndose  algunos mártires, tanto sacerdotes como sus seguidores.

La guerra cristera se extendió durante tres años, sobre todo en los estados del centro de la República como Querétaro, Guanajuato, Michoacán y Jalisco.

REPERCUCIONES EN CORTAZAR

Por lo que se refiere al municipio de Cortazar, el mayor impacto de este conflicto se dio en la comunidad Cañada de Caracheo con el mártir Beato Elías del Socorro Nieves Castillo O.S.A, quien tenía a cargo del templo de los Dolores.

A finales de 1926, dice el cronista, comenzó la persecución religiosa con todo su furor y el Padre Nieves decidió permanecer oculto en una cueva cerca de la comunidad, conocida hoy en día como «La Cuevita del Padre Nieves»,  a la que por las madrugadas acudían los fieles a escuchar misa antes del alba.

El 7 de marzo de 1928, llegó una partida de soldados a la Cañada, al mando del capitán Manuel Márquez quien arribó en busca de unos abigeos o ladrones de animales.

Llegaron al curato del templo de la Cañada de Caracheo, abandonado y cerrado desde hacía algunos meses, para pasar ahí la noche, pidieron la llave a unos habitantes y les contestaron que ellos no la tenían.

Entonces los soldados comenzaron a romper la puerta de madera, cuando se acercaron dos hombres, Gregorio López y Nicolás Bernal, rogándoles que no siguieran con los destrozos.

Pero obtuvieron como respuest, que los tomaran como rehenes, y con ello, se suscitó un tiroteo en el patio del curato, lo que provocó que muchos cañadenses corrieron y se refugiaron en el cerro de Culiacán.

Como a las seis de la mañana del 8 de marz, Márquez y su tropa salieron hacia Salvatierra con el fin de conseguir refuerzos, pero antes de partir, dio la orden de fusilar a los dos detenidos.

El Padre Nieves escuchaba los disparos desde su escondite y después fue informado de todo lo sucedido.

Con el tiroteo, el jefe militar interpretó aquel incidente como prueba de un posible levantamiento en armas.

El 9 de marzo llegaron refuerzos provenientes de Celaya, al mando del mayor Leonardo Rodríguez que, como estrategia, escogió unas veredas sobre el cerro de la Gavia para llegar al rancho de San Pablo. Ahí se detuvo con su tropa para pedir agua, frente a la casa de los hermanos Jesús y J. Dolores Sierra.

Mientras bebían, el mayor fijó la mirada en el padre Nieves, pues le pareció extraño que un «ranchero» usara lentes, y notó también que  debajo del largo calzón de manta, se asomaba la punta de un pantalón negro.

El mayor le preguntó: «Oiga, usted es cura verdad» y la respuesta del padre fue: «Tiene usted razón, soy sacerdote, gracias a Dios, y me disfracé porque solamente así podía ejercer mi misterio en las circunstancias actuales».

Los tres fueron tomados prisioneros y llevados a la comunidad de Cañada, donde la población al ver las circunstancias del padre Nieves exigió su libertad.

Un vecino llamado Toribio Martínez ofreció a los soldados hospedaje y comida, y tratar de que si era posible, liberar a los prisioneros.

Desafortunadamente regresó el capitán Márquez acompañado de varios soldados, y comenzó a discutir con el mayor Rodríguez, sobre la custodia y tomar el cargo de los prisioneros.

El mayor Rodríguez regresó a Celaya esa misma noche, y dejó toda la responsabilidad al capitán Márquez.

A las nueve de la mañana del 10 de marzo, se retiraron de la comunidad rumbo a Cortazar.

El padre pidió al capitán Márquez que dejara en libertad a los hermanos Sierra, pero ellos se oponen para no dejarlo solo.

Llegaron unas dos horas después, como a las 11 de la mañana, a la hacienda de Las Fuentes, y con crueldad el capitán Márquez ordenó fusilar a los prisioneros, pero falleció J. Dolores de un paro cardíaco, y su hermano Jesús si fue asesinado.

El padre todavía le pidió que lo fusilaran en otro lugar, y cuando pasan por la orilla del camino, junto a un mezquite, le dice el padre al capitán que en ese lugar quiere ser fusilado.

Se puso de rodillas y sostuvo su crucifico entre sus manos, y rezó durante unos 15 minutos, después se colocó de espaldas al árbol y le dice al capitán: «Estoy  listo para morir por mi religión».

El capitán con cierto nerviosismo preguntó al sacerdote la hora, y éste, sacando su reloj le dijo: «Faltan cinco minutos para las tres de la tarde; acepte este reloj y esta cobija que algún día podrán servirle».

El oficial tomó los regalos con indiferencia, y el padre Nieves continuó repartiendo con los soldados algunas pequeñeces que llevaba en los bolsillos.

Faltaban unos segundos para las tres de la tarde, cuando el padre dio la bendición a los soldados, lo que enfureció al capitán y vació su arma contra el sacerdote, exactamente las tres de la tarde de aquel sábado 10 de marzo de 1928.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.