El cuento II

La semana pasada traté las características básicas del cuento. Partí de la premisa de que es un relato breve, con pocos personajes y que trata un solo asunto.  Pero, ¿qué motiva el tema? De las cientos de posibilidades para tratar un tema y para insinuar una anécdota (no necesariamente moraleja), ¿qué motiva al autor?

Eudora Welty (1901-2001) supone que los temas de los cuentos son mucho más representativos para conocer el alma de un autor que las de las novelas. En estas últimas, las tendencias literarias, la necesidad de que la sociedad se identifique con el mayor número de subtemas de la trama y la forma como se mezclan (la creatividad) construyen la vena comercial. Por ello, la brevedad y estrechez del cuento revela con mayor fidelidad el pensamiento de un autor. Ya el propio Horacio Quiroga (1878-1939) en su Decálogo del perfecto nos informa de la razón: « Ama a tu arte como a tu novia, dándole todo tu corazón». Y, por supuesto, solo se puede entregar el corazón a lo que gusta, a lo que atrapa, a lo que atrae. Eso ya dice por sí mismo mucho de quién es el autor.

Dickens, critica H.D. Bates, es a tal grado egocéntrico que se torna superfluo: en sus novelas desprecia al lector. No le importa su capacidad reflexiva, analítica o deductiva. Escribe bajo todos los cánones de los catálogos para que su obra se venda. Entonces, concluye, no busca crear, interesa satisfacer para lograr el éxito de librería. No es un artista, es un manufacturero (ello no implica que esté mal: es lo que ama).

En tanto a Hemingway le angustia el alma humana y la explora en temas recurrentes como el conflicto interno y externo. Entonces recurre a la guerra, a las corridas de toros y a las relaciones laborales. A través de ellos, escudriña el alma del hombre y descubre que muchos de sus pleitos externos tienen su origen en lo interno.

Elizabeth Owen (1899-1993) indica que la primera condición para el cuento es «que sea necesario». Pero ¿para quién debe serlo? Justo para el autor. A él, en primera instancia, debe satisfacer (por egoísmo o legítimo interés).

Respecto al estilo, Antón Chejov sostiene que «el estilo más revolucionario es el más natural». Cierto es que el propio Chejov aprendió cómo escribir cuentos pasando a mano cada relato de Dostoyevski. Pero precisamente ello, al valorar las alternativas que tuvo su maestro de por dónde dirigir su trama o la tentación de echar mano de determinados recursos, le llegó a desarrollar su propio estilo. Entonces descubrió lo que pasaba por la mente de quien de forma indirecta lo enseñó. Es decir, logró encontrar su propio camino para tomar decisiones para el rumbo de una trama, un personaje o una descripción.

Entonces, temática, selección de acontecimientos y estilo se vuelven algo tan íntimo y personal en el cuento, que hace del producto lo más auténtico del escritor.

«¿Qué ha de darnos el autor?», se cuestiona Somerset Maugham (1874-1965), lapidariamente se responde: «a sí mismo».  sorianovalencia@hotmail.com

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