Debate ortográfico

«¿Para qué me esfuerzo en ortografía? -preguntó un amigo de uno de mis alumnos- si de todos modos me entienden». Esta reflexión fue motivada porque pedí a mis alumnos de Comunicación compartir información ortográfica revisada en clase. Mi alumno se desconcertó, no supo qué contestar; pero la experiencia la incluyó en su reporte.

No es la primera vez que escucho (o este caso, leo) una respuesta similar. En efecto, en el círculo de la persona que respondió, seguramente la entienden (creo que sería más adecuado, la saben interpretar). No carece de razón. Finalmente, escribir y hablar tiene como propósito comunicarnos, establecer relaciones con otras personas. Si la condición se cumple a cabalidad en su ambiente, ¿para qué esforzarse en más?

Sin embargo, su lógica tiene varios puntos no muy sólidos en otros aspectos. Comparemos con alguien con sobrepeso. ¿Para qué esforzarse en una dieta si siempre ha sobrevivido? Lo mismo pasa con el fumador o el alcohólico, ¿para qué alejarse del vicio si así lo aceptan o aún viven?

Podría haber quien diga que la comparación es tramposa porque quien no sabe ortografía no le va la vida en ello. Cierto, la vida biológica no está en riesgo por las faltas ortográficas, pero no así la vida social. Es decir, no podrá comunicarse con eficiencia con otros grupos, otras personas, otros sectores porque no encajaría. En pocas palabras, quedaría reducido al pequeño grupo que le da seguridad.

Ese justo es el riesgo para quienes estudian Comunicación. Su calidad ortográfica (y también de redacción, pero aquí es solo el aspecto ortográfico el valorado) debe ser impecable. Una buena ortografía la comprenden todo tipo de grupos, los que la dominan y los que no. Pero la mala ortografía impide una comunicación plena con todos y solo algunos podrían interpretar correctamente la intención.

Recuerdo un recado que me envió una persona con tal número de faltas, con palabras unidas a otras y con separación de algunas otras incorrectamente, que tardamos mi esposa y yo media hora en descifrar lo que decía el mensaje (honestamente, fue divertido porque parecía un reto).

Es decir, la persona citada al inicio solo tiene cabida en su grupo de referencia y, seguramente, a él estará destinado.

La ortografía tiene como propósito que las palabras estén adecuadamente enunciadas. Pero no se trata solo de prestigio dominarla. La intención es que facilite el acceso al mensaje de cualquier persona, sin alguna duda o confusión. Comparemos los dos siguientes textos:

«Debemos encausar a la juventud. La verdad, se le halla rebelada. Por eso, debemos aprehenderle».

«Debemos encauzar a la juventud. La verdad se le haya revelada. Por eso, debemos aprenderle».

Ninguno tiene falta ortográfica. El primero dice que se debe llevar ante los tribunales a los muchachos porque no acatan la autoridad (por eso se les debe apresar). El segundo, que solo debemos encaminarlos porque son conscientes de los que hacen, por lo que debemos crecer en conocimientos a partir de sus actos.

Es lamentable, pero la persona que originó este artículo jamás entendería la diferencia. Y eso es lo que pretende evitar el estudio de la ortografía, que las personas queden aisladas, sin la posibilidad de ampliar su mundo social. Ello, por supuesto, ampliará sus posibilidades laborales y, con eso mismo, su eventual felicidad. Limitar el pensamiento, el conocimiento, solo porque la realidad inmediata está resulta, es condenarse a la estrechez del mundo.

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