Crisis migratoria

Por Santiago López Acosta

La migración en el mundo viene desde tiempos inmemoriales, ha sido una constante de los grupos humanos prácticamente desde el origen, independientemente de cuál tengamos sea la razón de ésta, sociológica, racional, científica o teológica.

Con la migración se han poblado o invadido territorios, para luego constituir estados o regiones de estados establecidos, conviviendo o exterminado con los pocos o muchos pobladores originarios.

Los Estados Unidos de América (EE. UU.) es un buen ejemplo de ello, pues se constituyó preponderantemente con migraciones europeas, originalmente venidas de Inglaterra, manteniendo muy escasas reservaciones de los habitantes primigenios.

Los EE. UU., como fundadores del constitucionalismo y la democracia moderna, donde se plasman y se hicieron válidos los derechos fundamentales de las personas de libertad, igualdad y respeto, se convirtieron en centro de atención y destino de migrantes talentosos y brillantes, cuando ha habido guerras y dificultades en diferentes partes del mundo. Esto le ha proporcionado un capital humano que ha enriquecido la vida pública, privada y social de ese país.

Desde luego que no podemos dejar de ver la historia de racismo, discriminación y segregación que se ha vivido en los EE. UU., desde siempre, y con limitaciones se mantiene hasta ahora.

La migración por razones económicas y humanitarias tiene una larga data, hacia diferentes partes del mundo, principalmente a la Europa continental y la Gran Bretaña, de poblaciones de África y Asia y de América Latina y el Caribe a los EE. UU., respectivamente.

La migración mexicana a los EE. UU. en forma masiva data desde el siglo XIX, la cual se ha mantenido en forma constante, lo cual nos arroja una inmensa cantidad que fluctúa cerca de los 20 millones, según las diversas fuentes de información, de población establecida legal e ilegalmente.

Paradójicamente, los territorios que originalmente eran de nuestro país en el siglo XIX y que pasaron a integrar la Unión Americana, estaban prácticamente despoblados en ese entonces, ahora se conforman, de manera importante, de migrantes mexicanos y latinoamericanos.

Los EE. UU., país formado por migraciones, ha endurecido las últimas décadas sus medidas antiinmigrantes, sobre todo cuando estos provienen desde el sur de sus fronteras. La anhelada reforma migratoria se ha quedado en el discurso de algunos gobernantes demócratas, y se sigue aplazando indefinidamente.

Las migraciones habituales, pausadas, calladas y no tan numerosas durante años, de mexicanos y centroamericanos hacia a los EE. UU., han dado paso, los últimos años, a caravanas cuantiosas provenientes de Centro, Sudamérica y el Caribe, las cuales han hecho, como parte del trayecto, el paso por el territorio mexicano.

Es evidente que son migrantes que están huyendo del desempleo, la miseria, la inseguridad, la violencia y la injusticia que viven en sus respectivos países, sin que se adviertan políticas internas de los estados de origen para retenerlos, como tampoco de nuestro país para atender esa problemática, en su paso por aquí y ante la eventualidad de que muchos de ellos, ante la imposibilidad de ingresar a los EE. UU., se quedaran por acá.

Cuántos de ellos aceptaran los EE. UU., no lo sabemos, pero seguramente muy pocos, y los miles restantes que harán, tampoco lo sabemos, muchos intentaran ingresar ilegalmente y la mayoría se quedarán en México; regresar a sus países será su última alternativa.

Independientemente de la cerrazón norteamericana para abordar de fondo el problema de la migración latinoamericana hacia su territorio, resulta por demás inexplicable que los representantes de la cumbre latinoamericana y del caribe (CELAC) reunidos el fin de semana en la Ciudad de México, no hayan incluido el tema dentro de su agenda.

Por su parte, en nuestro país no se visualizan propuestas de solución de esta problemática, que se sigue agravando día con día, con el paso de miles de migrantes en todo el territorio, particularmente en algunas regiones y en las ciudades fronterizas, del sur y del norte de México.

Es urgente la atención a esta evidente crisis migratoria, de los gobiernos de los países involucrados, en sus diferentes responsabilidades, donde se originan estas migraciones, por donde pasan y a dónde pretende llegar, y por elemental respeto a los derechos humanos de los migrantes, la negativa de ayuda humanitaria, la represión y el rechazo no son alternativa. No son delincuentes, son solo personas que buscan mejores condiciones de vida, y es muy fácil advertir que, si no encuentran ese espacio, empleo y la mínima estabilidad en sus vidas, serán presa fácil de la delincuencia, la común, y peor aún, la organizada.

 

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