Calderón, el otrora comandante en jefe que merece ser juzgado

José Luis Camacho Acevedo

Antes de que el ex presidente Felipe Calderón comenzara su embestida en contra de los cárteles del narcotráfico, más para legitimar su gobierno que para exterminarlos, México era otro.

Por poner un ejemplo burdo: antes te podías aventurar con tu familia a recorrer las costas de Guerrero y Michoacán sin miedo a quedar atrapado en un retén o a ser víctima del crimen organizado. Hoy es otra historia.

Las pérdidas son innumerables y miles de familias mexicanas han pagado las consecuencias de una estrategia mal implementada, fomentada más por la vanidad que una plena convicción de erradicar la delincuencia. 

A lo largo de los últimos 12 años, más de 100 mil personas han sido asesinadas y alrededor 35 mil se encuentran desaparecidas.

Durante este período se podría decir que los mexicanos hemos “normalizado” la barbarie.  Ya superamos el estupor que nos provocaban las noticias sobre las ejecuciones múltiples. Ya olvidamos el terror que nos provocaron los bombazos de Morelia. Ya se nos pasó el miedo por el incendio del casino de Monterrey.

Es tanto el ego de Calderón, que antes que quedarse callado, prefiere responder a una ridícula comparación sobre su vestuario, con una frase que define su esencia y definir como “limpia” de “animales venenosos” la muerte y desaparición de más de 130 mil personas.

Estas podrían ser las palabras de un genocida cualquiera, pero son las de Calderón respondiendo a López Obrador, quien el viernes pasado se refirió de la siguiente forma al ex mandatario panista.

“Calderón le pegó un garrotazo al avispero y nos heredó todo esto que estamos padeciendo. No había ni siquiera un plan y en vez de atender las causas, él quiso de manera espectacular resolver el problema sólo con el uso de la fuerza”.

“No olvidemos que cuando declara la guerra organizada, va a Michoacán, a Apatzingán (…) y va vestido de militar. Se pone un chaleco, que hasta le quedaba grande, parecía el comandante Borolas, y ahí declara la guerra”, agregó

Calderón lleva meses haciendo el ridículo en su afán de protagonismo, pero en ocasiones raya en el exceso. Tanta es su desesperación que ha recurrido a la victimización.

El ex panista es un personaje cínico hasta el tuétano. El descaro de sus palabras sólo genera repudio y asco.

El protagonismo y la auto humillación a la cual se ha sometido Calderón, sólo provocan el hundimiento de sus proyecto. Bien haría en dejar que su esposa, Margarita Zavala, se encargue México Libre y alejarse del plano público, pues su presencia no sólo no ayuda, perjudica gravemente el proyecto.

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